A la puerta del super
Salí del supermercado con la bolsa colgando de la muñeca y el recibo todavía en la mano. Hacía frío, pero no demasiado. Ese frío húmedo que obliga a encogerse un poco aunque uno no quiera admitirlo.
Lo vi antes de que me hablara.
Estaba junto a la pared, cerca de las máquinas de los carros. No parecía un mendigo. Ni siquiera sé si lo era. Llevaba unos vaqueros normales, unas zapatillas gastadas y una chaqueta oscura que podría haber sido la mía hace tres inviernos. Tenía más o menos mi edad. Quizá incluso se parecía un poco a mí. O a la versión de mí que habría tomado dos o tres malas decisiones distintas.
No dijo nada. Solo levantó la mano.
Ese gesto pequeño. La palma abierta. Los dedos rígidos por el frío o por la costumbre.
Yo negué con la cabeza casi por reflejo.
—No, perdona.
Ni siquiera reduje el paso.
Seguí caminando mientras escuchaba detrás de mí el ruido automático de las puertas del supermercado abriéndose y cerrándose para otros. Como si el edificio respirara.
A los diez pasos ya estaba justificándome.
“No puedes darle dinero a todo el mundo.”
“Ni sabes quién es.”
“Y si compra alcohol.”
“Y si consume.”
La mente siempre trabaja rápido cuando necesita absolverse.
Seguí andando.
Pensé que quizá darle dinero solo ayudaría a empeorar su situación. Que uno nunca sabe. Que hay mafias. Que hay gente que utiliza la lástima como oficio. Todas esas frases hechas que uno recoge durante años para protegerse de la incomodidad.
Pero entonces apareció la otra idea.
¿Y si precisamente necesitaba alcohol?
¿Y si necesitaba droga?
La mayoría de la gente formula esa pregunta como una condena. Yo empecé a verla como algo más turbio.
Porque si alguien necesita algo hasta el punto de pedirlo con la mano levantada a desconocidos a la salida de un supermercado… ¿qué ocurre cuando nadie le da nada?
Imaginé la ansiedad creciendo dentro de él como un animal atrapado.
La desesperación.
El temblor.
La urgencia.
Y pensé —quizá para sentirme peor, quizá porque realmente lo creía— que a veces un euro evita algo más oscuro. Un robo. Un empujón. Un golpe. O simplemente otra noche sintiendo que el cuerpo se te vacía por dentro.
Me di cuenta entonces de que no estaba pensando en él.
Estaba pensando en mí.
En mi miedo.
En la necesidad de convencerme de que mi negativa tenía lógica moral.
Porque la verdad era mucho más simple y mucho más incómoda: no quise detenerme.
Eso era todo.
No tenía prisa. No estaba arruinado. No me amenazó. No me mintió. Ni siquiera habló.
Solo levantó la mano y yo seguí caminando como si no hubiera visto nada.
Y lo peor no era haber dicho que no.
Lo peor era llevarme su cara conmigo.
Durante todo el camino de vuelta sentí algo parecido a una deuda. Como si hubiese abandonado a alguien conocido en mitad de una carretera. Una culpa absurda, exagerada incluso, porque racionalmente sé que no soy responsable de la vida de un desconocido.
Pero emocionalmente… emocionalmente sigo viendo su mano suspendida en el aire mientras yo me alejaba mirando al frente, fingiendo que había tomado una decisión razonable.
Has llegado al final de esta historia.
← Volver al inicio · La culpa es de color verdeSé el primero en dejar un comentario.
Solo los suscriptores pueden dejar comentarios.
Suscribirme para comentarEn la sobremesa con otra pareja amiga, mi esposa citó "Todos somos refugiados de nuestra infancia".La conversación nos h...
«El halcón es una ave rapaz conocida por ser el animal más rápido del mundo, Se caracterizan por sus alas finas y puntia...
Raíces. El abuelo.Empezó a trabajar de niño, cargando antes de tiempo con una responsabi...