A la salida del cine
Salíamos del cine comentando la película cuando el hombre nos interceptó cerca de la esquina.
No parecía especialmente mayor. Ni especialmente deteriorado. Llevaba una chaqueta limpia, barba de varios días y una mochila pequeña colgada al hombro. Extendió la mano sin dramatismo.
—¿Tenéis unas monedas?
Metí la mano en el bolsillo, encontré algo de suelto y se lo di casi sin detenerme.
—Gracias —dijo él.
Y seguimos caminando.
Para mí el asunto había terminado ahí.
Pero a los pocos metros, Marta empezó:
—Yo nunca sé qué hacer en estas situaciones.
—¿Cómo que qué hacer?
—Sí… si darle dinero está bien o no. Porque luego piensas: igual se lo gasta en alcohol, o en droga, o vete tú a saber.
Me encogí de hombros.
—Bueno, y aunque fuera así, ¿qué?
Ella me miró como si esperara una respuesta más elaborada.
—No sé… supongo que ayudar de verdad sería otra cosa.
—¿Como qué? ¿Llevarlo a casa? ¿Buscarle trabajo? ¿Convertirte en asistente social improvisada?
Se quedó callada unos segundos.
No lo dije con crueldad. Tampoco con cinismo. Más bien con cansancio.
Porque la conversación era siempre la misma. La eterna necesidad de convertir un gesto pequeño en un debate moral gigantesco.
—Yo creo que la gente se complica demasiado —continué—. Si quieres dar algo, lo das. Y si no quieres, no lo das. Ya está.
—Pero es que parece insuficiente.
—Claro que es insuficiente. Una moneda no arregla la vida de nadie. Igual que un bocadillo no arregla la pobreza ni una manta arregla el invierno. Pero no todo tiene que convertirse en una misión trascendental.
Cruzamos la calle mientras el semáforo parpadeaba.
—Además —dije—, hay una especie de narcisismo raro en eso de querer “salvar” a alguien durante veinte minutos para sentirte buena persona.
Ella soltó una pequeña risa incómoda.
—Qué bestia eres.
—No. Lo digo en serio. A veces ayudar un poco es suficiente. No hace falta adoptar a nadie emocionalmente.
Seguí caminando tranquilo, con las manos en los bolsillos.
La verdad es que no sentía culpa. Tampoco orgullo. Había dado unas monedas porque podía hacerlo y porque en ese momento me apeteció. Nada más.
Y sinceramente, tampoco me corresponde decidir en qué se las gasta.
La gente habla del pobre como si tuviera que superar un examen moral para merecer ayuda. Como si el hambre dignificara automáticamente o como si un alcohólico dejara de ser una persona por beber.
—Si se compra comida, bien —dije.
—Si se compra vino, también. Bastante jodida debe de ser su vida para necesitar cualquiera de las dos cosas con esa urgencia.
Marta no respondió enseguida.
Llegamos a la plaza y nos detuvimos un momento antes de despedirnos.
—Entonces tú nunca le das vueltas a estas cosas, ¿no? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No. Porque si me parara a pensar profundamente cada miseria que veo por la calle, no podría vivir. Haces lo que puedes en ese instante y sigues adelante. Creo que la mayoría fingimos que existe una solución perfecta para no aceptar que el mundo está lleno de problemas que nadie sabe resolver.
Nos despedimos allí mismo.
Y mientras volvía a casa, no pensé otra vez en el hombre de la esquina.
No por frialdad.
Simplemente porque hay personas que convierten cada gesto en un conflicto moral y otras que entienden que a veces una moneda es solo una moneda y continuar caminando también forma parte de la vida.
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