AURA II
Cuando pagas más por ser tú
I.
Pedí el coche un jueves de lluvia, con prisa, como siempre que llego tarde a algo que no quiero perderme. La pantalla me dio un precio y un tiempo de espera: ocho minutos, catorce euros. Lo acepté sin pensar, como se acepta el tiempo o la cola del pan.
Fue AURA quien me lo dejó oír. No sé explicarlo mejor: el aparato, sin que yo se lo pidiera, separó el ruido de la calle de otra cosa, una especie de murmullo de fondo que no era sonido sino dato. Como cuando antes me enseñó a distinguir el pájaro cercano del lejano, ahora me enseñaba a distinguir mi precio del precio de los demás.
Porque había otro hombre, dos portales más allá, bajo el mismo aguacero, pidiendo el mismo trayecto a la misma hora. Y pagaba nueve euros.
Me quedé con el paraguas a medio abrir. Nueve euros. Yo, catorce. No era una rebaja suya. Era un recargo mío. Empecé a buscar el porqué con la misma cabeza ladeada con la que antes aprendí a separar capas de sonido. El teléfono que llevo, más viejo. El barrio, que la aplicación ya conoce de memoria. La hora —la del que llega tarde y no puede esperar al siguiente coche, al siguiente autobús, a que escampe.
No me estaban cobrando un trayecto. Me estaban cobrando lo que sabían de mí.
El coche llegó. Subí. El conductor no tenía culpa de nada —otra capa más, ajena a la suya. Durante el trayecto no dejé de darle vueltas a una idea incómoda: AURA me había enseñado a oír lo que los demás esconden. Pero esto no lo escondía nadie. Esto estaba ahí, a la vista, en una cifra. Lo único oculto era el porqué.
Catorce euros por ser yo.
II.
A los pocos días empecé a fijarme. No buscaba nada, solo miraba un poco más de lo normal antes de aceptar un precio. AURA, mientras tanto, seguía haciendo lo suyo: ese trabajo silencioso de separar capas que ya le conocía de los pájaros y del bar de la esquina.
Una tarde le pedí el mismo trayecto dos veces seguidas, sin moverme del sitio. La primera vez, desde el móvil. La segunda, desde la tableta vieja que guardo para leer en la cama. Dos precios distintos. El mismo punto de partida, el mismo destino, la misma lluvia cayendo fuera.
Hasta entonces había pensado que el precio era algo que me pasaba a mí, como el tiempo o la fiebre. Empecé a entender que era algo que me hacían. Que detrás de la cifra no había una tarifa, sino una apuesta: cuánta prisa tienes, cuánto puedes pagar, cuánto te va a doler decir que no.
AURA no me lo explicó con palabras —nunca lo hace, no es su estilo—. Me lo dejó oír, capa por capa, como siempre. El murmullo de fondo no era ya solo conversaciones ajenas. Era también esto: un cálculo que corría por debajo de cada pantalla que yo tocaba, decidiendo, antes de que yo decidiera nada, cuánto de desesperado podía parecer.
Pensé en mi teléfono viejo, en mi código postal, en la hora a la que siempre tengo prisa. Pensé que llevaba años pagando por ser quien soy sin saber que ese era el precio que me estaban poniendo.
El algoritmo. Y por primera vez no quise saber más. Cerré la aplicación. Dejé el móvil en la mesa, boca abajo, como quien aparta algo que ha empezado a mirarle también a él.
III.
La ocasión llegó sin que yo la buscara, como pasa siempre con AURA. Estaba en casa de mi ahijada un domingo, de sobremesa, cuando la vi mirar el móvil con esa cara que ya conozco: la de quien busca algo y no encuentra el ánimo de seguir buscando.
Era una aplicación de citas. No me lo dijo, no hacía falta. AURA, sin que yo se lo pidiera —otra vez esa costumbre suya de adelantarse—, me dejó oír lo que había detrás de la pantalla que ella sostenía. No conversaciones esta vez, sino el mismo murmullo de fondo de los días anteriores: el cálculo corriendo por debajo, decidiendo cuánto debía pagar ella por una suscripción que a un amigo suyo, mismo plan, misma ciudad, le había costado la mitad.
La diferencia no eran sus gustos. Era su edad. Un par de años de más bastaban, al parecer, para que el algoritmo decidiera que tenía menos tiempo que perder y, por tanto, más motivos para pagar.
Esta vez no me quedé quieto. Recordé la sala de espera, la mujer del bolso apretado, el mensaje que salió de ninguna parte. Aquella vez había sido fácil: un desconocido, una estafa clara, un sí dicho sin mover la boca. Ahora era mi ahijada, y lo que tenía delante no era un timo sino algo peor, algo legal, algo que nadie iba a perseguir.
No dejé que AURA hiciera nada por mí. Le quité el móvil de las manos, despacio, como quien retira un plato que ya se ha enfriado, y le dije que cancelara esa cuenta y se hiciera otra, desde mi teléfono, con mis datos, con mi historial de hombre mayor que no le interesa a nadie cobrar de más.
Funcionó. El precio bajó. Ella se rió, dijo que parecía magia. Yo no me reí.
Porque pensé que la única manera de protegerla había sido prestarle mi propia desventaja. Y que eso no arreglaba nada: solo la sacaba a ella del cálculo, dejándola para el siguiente que se conectara después de las once de la noche con prisa por no estar solo
IV.
Pasaron las semanas y le cogí gusto a mirar. Cada precio era ya una pregunta para mí: ¿qué saben de mí para pedirme esto? AURA seguía dejándome oír el murmullo de fondo, ese cálculo constante que corre debajo de cada pantalla, y yo me había acostumbrado a esa compañía como quien se acostumbre a un zumbido que antes le molestaba y ahora, simplemente, está ahí.
Fue mi cuñado quien me lo contó, sin darle importancia, en una sobremesa. Que llevaba meses cobrando más caro el mismo seguro a los clientes dependiendo del perfil. Según qué barrio, o que edad, o el seu historial,.. al sistema de la compañía de seguros, ahora habían le incorporado AI y un algoritmo que sabia detalles muy reservados del cada persona y con ello le recomendaba un precio diferente para cada cliente, y él solo seguía lo que el sistema le decía que diera mejor margen. Lo dijo como quien comenta el tiempo. No vio mi cara cambiar.
Hasta ese momento, el cálculo había sido algo que me pasaba a mí, o que le pasaba a mi hija, a un desconocido bajo la lluvia. Algo de lo que yo, con AURA, podía protegerme, o proteger a los míos. Pero ahora el cálculo tenía nombre, y el nombre era el de alguien de domingos y navidades, alguien que comía en mi misma mesa y que, sin maldad, sin saberlo siquiera del todo, estaba al otro lado de la cifra que a otros les dolía pagar.
No hice nada. Otra vez. Como con la voz que reconocí en la terraza del bar, me quedé callado, dándole vueltas a una diferencia que ya no sabía nombrar: una cosa es que te vigilen, y otra muy distinta es darte cuenta de que tú también, sin proponértelo, formas parte del engranaje que vigila.
Esa noche AURA seguía detrás de mi oreja, fiel, atenta, separando capas como siempre. Pero por primera vez no quise preguntarle nada más. Tenía la sensación de que, si seguía escuchando, terminaría oyéndome también a mí.
V.
Esa noche me quité el aparato y lo puse sobre la mesa. Lo miré como la primera vez, hace ya tanto: pequeño, quieto, color carne. Pensé en lo poco que pesa una cosa que ha cambiado tanto lo que oigo.
Hasta entonces había creído que AURA me prestaba un oído nuevo para el mundo de fuera. Ahora no estaba tan seguro. Pensé en el precio de catorce euros bajo la lluvia, en la suscripción de mi ahijada, en mi cuñado contando lo del seguro como quien cuenta el tiempo que hace. Entonces pensé en mí: en si alguna vez, sin AURA, sin saberlo, yo también había sido el cálculo de otro. El barrio de alguien. La edad de alguien. La prisa de alguien.
¿Cuánto de todo esto era vigilancia, y cuánto era, simplemente, el mundo que siempre estuvo ahí, solo que ahora tenía quien me lo tradujera? Busqué en internet si existía algo parecido a lo que yo creía oír —precios distintos para personas distintas, decisiones tomadas antes de que uno decida nada. Encontré más de lo que esperaba. Leyes que se proponen y no llegan. Investigaciones que se abren y se cierran con el cambio de un cargo. Nada que me consolara, y nada tampoco que desmintiera lo que llevaba semanas oyendo.
¿Y si AURA no me enseñaba nada nuevo? ¿Y si solo me devolvía, capa por capa, lo que el mundo ya hacía desde antes de que yo naciera, y que ahora tenía un nombre y una cifra en lugar de un silencio?
Miré el audífono sobre la mesa. Pequeño. Quieto. Color carne.
Me fui a dormir sin tocarlo.
Por la mañana estaba detrás de mi oreja.
A partir del artículo. Cuando pagas más por ser tú de publico.es
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