Como abejas
Empiezo escribiendo sobre las abejas que hoy ha volado delante de mi hasta posarse sobre una flor. Salen de la colmena sin GPS, sin brújula y sin mapa, guiada por el instinto, eso que llevamos dentro y que nos mueve antes de que hayamos pensado nada. Algo antiguo, grabado en el cuerpo, Pueden volar kilómetros. Atravesar campos, esquivar vientos, perderse un momento y encontrarse de nuevo. Va buscando una cosa concreta: la flor. Y cuando la encuentra, se carga de polen — ese polvo finísimo que llevan las flores y que es, en el fondo, vida en suspensión — y entonces da media vuelta. Vuelven a su colmena
Siempre vuelven.
Ha sido durante mi paseo diario, también me he cruzado con
ellos de frente. Hombres y mujeres con ropas de colores vivos,
adornos en la cabeza, personas de rasgos senegaleses y marroquíes.
Caminaban en sentido contrario al mío.
Les he preguntado qué celebraban. El día del cordero, me han
dicho.
El día que cierra la peregrinación a La Meca —
el viaje más largo, el más sagrado, el que hacen porque algo dentro
les llama y no pueden no ir.
Como las abejas, o casi, las
personas también con o sin instinto, cada día no llegan a pensar:
voy a sacrificarme. Simplemente lo hacen. Por cultura, por
responsabilidad, por necesidad. Por algon que hay dentro de cada
persona, por la familia que lleva dentro, algo aprendido desde
pequeño que dice que hay que salir, que hay que traer, que hay que
sostener.
Y así salen. Algunos a unos kilómetros. Otros a miles. Dejan el pueblo, el país, el idioma. Se levantan cuando todavía es de noche. Aguantan un jefe difícil, un trabajo duro, un cuerpo que al final del día ya no pide más. No porque les guste sufrir. Sino porque al otro lado de ese esfuerzo hay algo que los espera: la familia, la mesa, el mes que llega a fin.
El salario es el polen.
He recordado las abejas. Y he pensado en mí. En este Hartacho que hace casi cincuenta años salió también de su pueblo hacia una ciudad con más posibilidades. Sin carta de navegación. Con lo que había.
Este pensamiento me ha llevado volando a los primeros Hartacho — quinientos años atrás — llegando a Benamejí desde la Rioja, o desde alguna parada intermedia que todavía intento descubrir. Llegaron porque alguien les ofreció tierra. Porque la Carta Puebla de Bernuy decía: ven, quédate, trabaja, esto puede ser tuyo.
Tierras que, paradójicamente, habían sido de los moros.
Y hoy, en mi camino de mañana, los descendientes de aquellos moros caminan en sentido contrario al mío, vestidos de fiesta, celebrando su peregrinación.
Todo vuelve. Todo se cruza. Como mis pensamientos, mis reflexiones, que a veces se encadenan de forma lineal y otras ramificadas,
La colmena no tiene una sola puerta. Las culturas, las religiones se entrelazan, convergen y se ramifican.
Recientemente el Papa ha presentado una encíclica sobre la inteligencia artificial. Habló de valores morales. Habló de peligro. Dijo, más o menos, que ninguna máquina tiene corazón, ni conciencia para saber qué es el bien. La tecnología debe estar al servicio del ser humano. Que debemos frenar los monopolios para que unas pocas empresas ricas no controlen los datos y las decisiones del mundo. Que el deseo de ganar dinero no justifica reemplazar a los trabajadores por máquinas. Debemos ser los humanos quienes tomemos siempre las decisiones sobre la guerra. Los algoritmos no pueden decidir quién vive. También pide reglas para proteger a los menores de las noticias falsas y la adicción a las pantallas. Una carta sincera.
La abeja no entiende de eso. Ella sale, recoge, vuelve, entrega. Como la mayoría de las personas, de cualquier región, de cualquier raza, sin distinguir su religión, su genero, su ideología.
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