De aprender a desaprender
Empezar la tarde con mis nietas es una de esas experiencias que, sin proponerlo, invitan a reflexionar.
Cuando las observo, tengo la sensación de que el mundo entero está sucediendo delante de mí. Cada gesto, cada mirada, cada sonido es un descubrimiento. La pequeña mira, observa, sonríe, a veces protesta con un lloriqueo y otras se queda quieta, inmóvil, con la mirada fija en algo que ha despertado su curiosidad. Gira la cabeza cuando oye un ruido. Busca con los ojos aquello que no sabe todavía nombrar.
Está aprendiendo a comunicarse. Antes de conocer las palabras, ya está aprendiendo el lenguaje de los gestos, de las miradas, de las emociones. Me pregunto qué estará ocurriendo dentro de esa pequeña cabeza, cómo se estarán formando las conexiones entre sus neuronas, cómo va construyendo su propio camino para comprender el mundo.
Todo es nuevo. Todo está por descubrir.
La otra, solo es dos años mayor, “ya cuenta hasta veinte”. No sé en que grado comprende la magnitud de los números que pronuncia, pero los dice, los ordena, los repite. Y no se limita a nombrar cosas. Conversa. Formula preguntas, construye frases, relaciona acontecimientos y busca explicaciones.
—¿Dónde está mamá?
—Hace viento? Parece que hoy lloverá.
—¿Dónde está la abuela?
Sus preguntas parecen no tener fin. Cada respuesta abre la puerta a una nueva pregunta. Es como si estuviera construyendo, pieza a pieza, el mapa de su pequeño universo.
Soy testigo privilegiado del extraordinario proceso de aprender. Observo con que facilidad incorporan palabras, movimientos, costumbres y conocimientos. Cada día saben algo más que el día anterior. Cada día son capaces de hacer algo que ayer todavía no podían hacer.
Y entonces, casi inevitablemente, pienso en nosotros, los mayores. Que parecemos recorrer el camino contrario.
No es exactamente que dejemos de aprender. Seguimos descubriendo cosas, aunque a veces nos cueste reconocerlo. Pero comenzamos a olvidar. Perdemos destrezas, dejamos de utilizar habilidades que antes dominábamos y, en ocasiones, sentimos que el mundo se mueve demasiado deprisa para nuestras posibilidades.
Recuerdo cuando impartía cursos de informática e internet para personas adultas. Había una frase que escuchaba con frecuencia:
—Yo para esto no sirvo.
La decían antes de empezar, antes de probar, antes incluso de equivocarse. Era como si hubieran decidido de antemano que aquella puerta no estaba hecha para ellos.
Otros confesaban que les costaba mucho aprender, que no entendían aquellas cosas, que preferían seguir haciendo las cosas como las habían hecho toda la vida.
En las conversaciones cotidianas aparecían las mismas resistencias.
—¿Hacerlo con el móvil? No, no. Yo eso no lo sé hacer.
—¿Consultar el banco por internet? ¡Ni hablar!
—Prefiero apuntarlo en un papel. Eso de la agenda del teléfono no me gusta.
—Las tecnologías no son para mí.
Durante años escuché estas expresiones con una mezcla de comprensión y desconcierto. Comprendía las dificultades, porque aprender de adulto requiere paciencia, tiempo y confianza. Pero también me preguntaba si detrás de aquellas palabras no se escondía algo más profundo: el miedo a equivocarse, la vergüenza de no saber, la sensación de que uno ya ha perdido el tren.
Lo curioso es que yo mismo he experimentado algo parecido cada vez que cambio de teléfono, el aparato nuevo promete más prestaciones, más posibilidades, más rapidez. Sin embargo, durante los primeros días, lo que siento es que me han quitado algo.
El botón de inicio ya no está donde estaba. Los iconos han cambiado. Los accesos a las aplicaciones se organizan de otra manera. Aquella operación que realizaba casi sin pensar se convierte de pronto en un pequeño problema.
Busco, pruebo, me equivoco. A veces paso una semana, o incluso más, intentando encontrar algo que en el teléfono anterior tenía perfectamente localizado.
Y me sorprendo pensando que el teléfono nuevo es peor que el viejo.
Pero ¿es realmente peor? ¿O soy yo quien necesita tiempo para aprender de nuevo?
Entonces recuerdo otro teléfono. Uno que no tenía pantalla, ni botones para marcar números, ni agenda de contactos. Estaba sujeto a la pared de la casa de mis abuelos y tenía una manivela. Para llamar, había que girarla, descolgar el auricular y esperar. Al otro lado aparecía una voz, era la telefonista, recuerdo la voz de “la rubia”.
—Niño, ¿qué quieres?
No necesitabas saber ningún número. No tenías que buscar un contacto ni recordar una contraseña. Bastaba con explicar a quién querías hablar.
—Quiero hablar con mi madre.
—Ponme con mi abuela.
La telefonista hacía de intermediaria entre las personas. El teléfono no era una puerta directa hacia el mundo, sino una petición que alguien recibía y atendía.
Hoy llevamos en el bolsillo, sin embargo, cada cambio de modelo nos obliga a reaprender una parte de lo que ya sabíamos.
El teléfono ha cambiado. Nosotros también.
Entre aquel aparato de pared y el móvil actual hay una historia de progreso extraordinario. Pero también hay una historia personal: la de quienes hemos tenido que adaptarnos, una y otra vez, a herramientas que transformaban nuestra manera de vivir.
Y ahora aparece una nueva tecnología. La inteligencia artificial. Esta misma inteligencia artificial que estoy utilizando para dictar estas palabras y convertir mi voz en un texto escrito. Yo hablo, ella escucha y transcribe. No necesito sentarme ante un teclado ni preocuparme por escribir cada frase. Puedo concentrarme en lo que quiero contar.
Quizá dentro de unos años esta forma de trabajar nos parezca tan rudimentaria como hoy nos parece aquel teléfono de manivela. Quizá aparezcan otras herramientas que nos obliguen a cambiar de nuevo nuestros hábitos.
Y volveremos a escuchar las mismas frases:
—Yo para esto no sirvo.
Pero ¿y si no fuera una cuestión de servir o no servir? ¿Y si se tratara, sencillamente, de seguir aprendiendo?
Vuelvo a mirar a mis nietas. La mayor continúa haciendo preguntas. La pequeña observa el mundo. Quizá esa sea una de las grandes diferencias entre la infancia y la vejez: los niños todavía no saben hasta dónde pueden llegar; los mayores, en ocasiones, creemos saber hasta dónde ya no podemos llegar.
No quiero pensar que envejecer consiste únicamente en desaprender. Sería injusto con todo lo vivido, con todo lo aprendido, con la experiencia que los años nos han regalado.
Pero tampoco quiero engañarme. Hay cosas que olvidamos, capacidades que cambian y aprendizajes que requieren cada vez más esfuerzo. Aceptarlo forma parte de la vida.
Y que todavía puedo cambiar con él.
Una reflexión aguda, que hace pensar y conecta con mi propia experiencia, aunque como punto de partida no tengas nietas pero, sí los años suficientes para reconocer los inimaginables cambios, el miedo que producen los avances tecnológicos y percibir ese deseo oculto de seguir aprendiendo, aunque sea a un ritmo mas lento.. Y tal vez por eso mas apreciada
Muy interesante y aguda esta reflexión, es para leerla varias veces.
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Suscribirme para comentarLa Agencia estaba en una calle que no recordaba haber pisado nunca, aunque llevaba cuarenta años viviendo a diez minutos...
Al salir de la escuela, intercambiábamos cromos que pegábamos con gachuela, una especie de pegamento hecho con harina y...
Propuesta cuenta este cuento a tus nietos, hijos, sobrinos y pídele que haga un dibujo o anímate tu. Si me la envías&nbs...