El paseo
El Paseo
La verja chirría igual que siempre. Ese sonido oxidado que llevo años prometiéndome engrasar y que ya forma parte del ritual, como el primer sorbo de café o el peso exacto de las llaves en el bolsillo derecho. Son las nueve y cuarto, más o menos. El sol todavía no ha terminado de decidirse sobre el día.
Calle Arrayanes arriba, como siempre.
Los plátanos de sombra alinean la acera con esa disciplina vegetal que tienen los árboles de las ciudades, recortados, domesticados, pero obstinados en crecer. Hay uno, el tercero desde la esquina, que tiene una rama torcida hacia el interior, como si quisiera señalar algo en el suelo. Nunca he sabido qué. Me pregunto si habré cerrado el gas. Sí, claro que sí. Siempre lo cierro.
El perro de la señora Fuentes —un basset hound con cara de haber perdonado demasiadas cosas— me mira desde detrás de la cancela sin ladrar. Solo mira. Le digo buenos días en voz baja, como si fuera un secreto entre los dos.
Giro a la izquierda en la rotonda del pino grande, el de siempre, el que tiene el tronco partido por el rayo de hace no sé cuántos años y que sin embargo sigue hacia arriba, terco y verde. Desde aquí se abre el camino hacia el parque del Molinillo. Conozco cada metro de esta ruta. Cuarenta minutos de ida y vuelta si no me entretengo. Una hora justa si me siento en el banco frente al estanque.
Un mirlo canta desde algún lugar entre los rosales. Lo escucho antes de verlo, negro absoluto sobre una rama de cornejo, el pico amarillo como una advertencia. Canta con esa seriedad que tienen los mirlos, como si el mundo dependiera de que alguien llevara el ritmo.
Huele a tierra húmeda. Debió llover antes del amanecer.
El camino del Molinillo cruza después una vaguada donde crecen chopos en fila junto a una acequia casi seca. En verano esta zona huele a hinojo y a algo mineral, a piedra caliente. Ahora huele a musgo y a esa humedad de sombra perpetua que tienen los barrancos aunque no sean barrancos de verdad, solo pliegues del terreno donde la luz llega tarde y el frío se queda más tiempo del debido.
Pienso en llamar a mi hermano cuando vuelva. Hace semanas que no hablamos. O meses. El tiempo se ha vuelto extraño últimamente, resbaladizo, los días se pegan unos a otros sin costuras visibles.
Tres palomas torcaces levantan el vuelo desde el borde del camino. Ese batir de alas que siempre sobresalta aunque una lo espere. Las sigo con la vista hasta que se pierden sobre la loma.
La loma.
Qué raro. No recuerdo haber llegado a la loma todavía. Normalmente desde aquí ya se ve el estanque del parque, los bancos verdes, los jubilados con sus termos. Pero el camino sigue, y yo sigo con él, y hay algo en seguir caminando cuando los pies conocen el suelo que hace innecesario el pensamiento.
Pasado el alto, el paisaje cambia un poco. Más monte bajo, jaras, algún quejigo solitario. El camino se estrecha. Debe ser ese ramal que sale hacia la ermita de Santa Lucía, aunque no recuerdo haberlo tomado conscientemente. Bueno. La ermita también está cerca. Cuatro kilómetros, quizás cinco. No importa, el día es bueno.
Un lagarto se inmoviliza en una piedra. Verde metálico, con esa quietud de quien lleva millones de años perfeccionando el arte de no ser visto. Lo miro. Me mira. Continuamos cada uno con lo nuestro.
Hay un cartel de madera clavado en un poste, desgastado por las lluvias. Cordel de la Cañada Real — Colmenar del Arroyo, 8 km.
Colmenar del Arroyo.
Me detengo.
Colmenar del Arroyo está... está bastante lejos del Molinillo. No es que esté imposiblemente lejos, pero no es una distancia que se cubra como aperitivo de media mañana. Ocho kilómetros todavía, lo que significa que llevo ya andado algo considerable. Me toco la nuca. El sol está alto. Más alto de lo que debería estar para las diez de la mañana.
Sigo.
El pueblo aparece cuando el camino baja entre dos lomas y cruza un puente de piedra sobre un arroyo con agua verdadera, no la acequia seca de antes. El agua suena. Los chopos a ambos lados son enormes, con esa majestad tranquila de los árboles que llevan décadas mirando pasar cosas.
En la plaza hay una fuente. Bebo. El agua está fría de un modo que sorprende, como si viniera de muy adentro de la tierra. Una mujer mayor que barre la entrada de su casa me observa sin disimulo.
—¿Viene de camino? —pregunta.
—Estoy dando un paseo —le digo.
Ella asiente con la cabeza de una manera que podría significar cualquier cosa.
Me siento un momento en el banco de la plaza. Las golondrinas trazan elipses irregulares sobre las casas. Hay un olor a leña quemada que no tiene explicación con este calor, a menos que sea el olor que guardan las piedras viejas, el recuerdo de miles de inviernos impregnado en la argamasa.
El sol está en el centro exacto del cielo.
Mediodía.
No sé en qué momento el camino de vuelta se convirtió en otro camino distinto. Las cosas tienen esa capacidad cuando uno no presta demasiada atención: bifurcarse sin anunciarlo, ofrecer variantes que parecen equivalentes pero no lo son.
La carretera que tomo es estrecha, sin arcén generoso, pero tiene poco tráfico. Un tractor pasa lentamente y el conductor levanta dos dedos del volante a modo de saludo, ese gesto rural que es al mismo tiempo bienvenida y constatación de que alguien está donde está.
Pasan señales. Zarzalejo, 12 km. El Escorial, 19 km.
Me detengo frente al poste.
El Escorial.
El Escorial está a... está a mucho. Está a muchos kilómetros de casa. No es una distancia razonable para un paseo de media mañana. No es una distancia razonable para un paseo de ningún tipo que haya comenzado a las nueve y cuarto en la Calle Arrayanes.
Miro mis pies. Las zapatillas están polvorientas de un modo que requiere tiempo. Un tiempo considerable. La suela lleva adheridas semillas de plantas que no conozco, pequeños abrojos y algo que parece agujas de pino, aunque no recuerdo haber pasado por ningún pinar.
Sigo.
La noche llega antes de que termine de procesarla.
Me encuentro sentado en el margen de la carretera, la espalda contra un talud de piedra, y hay estrellas. Muchas estrellas, como solo se ven lejos de las ciudades. La Vía Láctea visible, esa cicatriz luminosa que en casa no existe porque las farolas la borran.
Tengo hambre. Tengo frío.
¿Cuándo comí por última vez?
En el bolsillo encuentro una barrita de cereales aplastada que no recuerdo haber puesto ahí. La como. Tiene el sabor indiferente de las cosas compradas para emergencias y guardadas demasiado tiempo.
Un autillo canta desde algún árbol invisible. Biu. Biu. Pequeño y constante.
Duermo, supongo. O algo parecido.
La mañana huele a romero. La luz es lateral, de amanecer, naranja y fría al mismo tiempo. Me levanto con la espalda rígida y los pies dentro de las zapatillas igual que estaban ayer, o el día anterior, y tomo el camino porque el camino está ahí y los pies saben lo que hacer aunque la cabeza vaya por detrás.
Una rapaz —un ratonero, creo— flota sobre el barranco con esa pereza aparente de quien domina todas las corrientes. Lo sigo con los ojos hasta que es solo un punto y luego nada.
Hay un cruce sin señalizar. Tomo la derecha porque la derecha tiene más sombra a esta hora y la sombra resulta atractiva con independencia de hacia dónde lleve.
El camino de la derecha sube durante mucho tiempo. La vegetación cambia: primero monte bajo, luego pinos de repoblación perfectamente alineados, luego algo más abierto donde los piornos florecen amarillos y el viento llega sin obstáculos y huele a altura, a espacio, a ese olor de los lugares donde no hay mucha gente.
En lo alto hay un vértice geodésico. Un hito de hormigón con una plaquita metálica. Leo el nombre: Cabeza Mediana, 1.487 m.s.n.m.
Mil cuatrocientos metros.
Me siento en la piedra junto al vértice y miro el panorama. Es extraordinario. Las sierras en todas las direcciones, azules de distancia, superpuestas como decorados de teatro. Allá, muy lejos, lo que podría ser un embalse. Allá, en otra dirección, los primeros edificios de algo que podría ser una ciudad.
¿Cuántos días llevo caminando?
La pregunta aparece con una claridad extraña, sin alarma todavía, casi académica. La examino. Intento hacer el recuento. La fuente de Colmenar del Arroyo, la noche bajo las estrellas, el amanecer con olor a romero, y antes de eso el mirlo, el basset hound de la señora Fuentes, la verja oxidada.
¿Cuánto tiempo entre la verja y aquí?
No encuentro la respuesta. Hay huecos. Hay partes del camino que sé que recorrí porque estoy aquí y aquí no se llega sin haberlas recorrido, pero que no puedo recuperar con ningún detalle. Como buscar un archivo en el cajón correcto y encontrar el cajón vacío.
Bajo de la montaña siguiendo una pista forestal que sale hacia el norte. A mitad de descenso paso junto a una fuente con caño de hierro y bebo largo. Un grupo de ciclistas sube en sentido contrario, con esa determinación rítmica que tienen los ciclistas en las cuestas. Uno me dice algo que no entiendo del todo, algo sobre el tiempo, o sobre el camino.
—¿Cuánto queda para el pueblo? —le pregunto.
—¿Para Rascafría? —dice—. Ocho kilómetros bajando.
Rascafría.
Rascafría está en el Valle del Lozoya. Está al otro lado de la sierra. Está, si uno mira el mapa que debería estar en mi teléfono y que intento abrir con dedos que no del todo responden, a más de noventa kilómetros de casa.
Noventa kilómetros.
La pantalla del teléfono me pide el código. Lo introduzco. Me dice que es incorrecto. Lo introduzco de nuevo, despacio, con cuidado. Me dice que es incorrecto. El código que llevo doce años usando, el código que podría introducir dormido, es incorrecto o yo lo estoy introduciendo mal y no sé cuál de las dos opciones es más preocupante.
En Rascafría hay un bar con mesas en la calle. Me siento. Pido un café. La chica que me lo trae me mira de una manera que intento no interpretar.
—¿Está bien? —pregunta.
—Estoy dando un paseo —le digo.
Ella asiente igual que la mujer de Colmenar, con esa ambigüedad educada que tiene la gente cuando no quiere señalar lo evidente.
Miro mis manos alrededor de la taza. Las manos están bien. Son mis manos. Los nudillos un poco ásperos, la cicatriz pequeña en el dedo índice derecho de cuando era niño y me caí en el patio del colegio. Todo en su sitio.
Pero hay algo que no está en su sitio, y lo sé aunque no consiga nombrarlo con precisión. Es como cuando uno entra a una habitación y sabe que algo ha cambiado pero no encuentra qué. Así. Esa sensación, pero más grande. Ocupando más espacio del que debería.
¿Cómo he llegado hasta aquí?
La pregunta ya no es académica.
El café tiene el sabor del café. El sol de la tarde —de la tarde, sí, ya es tarde— calienta la mesa de plástico blanco. Un gorrión salta entre las patas de las sillas buscando migas con esa confianza descarada de los gorriones que viven cerca de los bares. Todo es real y concreto y sensorial y sin embargo hay algo que no cierra, una discordancia entre lo que sé que debería ser y lo que es.
Salí a las nueve y cuarto. A las nueve y cuarto caminé por la Calle Arrayanes. El mirlo. El basset hound. La rotonda del pino.
¿Cuándo fue eso?
Intento recordar qué día es hoy. Martes. O miércoles. Empezó en martes, creo. ¿Empezó? Los días no empiezan, simplemente son, uno después de otro. Los días...
La chica ha vuelto a la puerta del bar y me observa desde ahí con discreción fingida. Tiene el teléfono en la mano. No sé si está llamando a alguien o simplemente mirando el teléfono, que es lo que hace la gente ahora todo el tiempo, pero algo en su postura me dice que me está mirando a mí más de lo que parece.
Noventa kilómetros.
Las zapatillas polvorientas. Las semillas de plantas que no conozco. El código del teléfono que de repente no sé. Los huecos en el camino, las horas que no encuentro cuando las busco, los tramos que sé que recorrí y no puedo recordar.
¿Cuántos días llevo caminando?
Y ahora, sentado frente a un café en Rascafría con el sol de la tarde cayendo oblicuo sobre las mesas blancas y el gorrión saltando entre las sillas, la pregunta ya no me parece extraña ni inquietante ni urgente.
Me parece familiar.
Me parece que ya la he hecho antes.
Me parece que llevo un tiempo que no sé medir haciéndome esta misma pregunta y olvidando que la he hecho y volviéndola a hacer, y que hay algo en ese bucle, en esa repetición sin memoria de la repetición, que debería decirme algo importante sobre lo que está pasando.
La verja chirría igual que siempre.
Ese sonido oxidado que llevo años prometiéndome engrasar.
Son las nueve y cuarto, más o menos.
El sol todavía no ha terminado de decidirse sobre el día.
Calle Arrayanes arriba, como siempre.
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