El peral
El peral del patio.
Tengo cuatro años y el mundo cabe en un patio.
No lo sé entonces, claro. A los cuatro años uno no sabe que está construyendo memoria.
Simplemente está: en el frescor de la mañana, bajo la sombra ancha del peral que ocupa el centro
del patio como si lo hubiera elegido él mismo, como si la casa se hubiera construido a su alrededor
y no al revés. Benaméji, verano de 1960. La cal de las paredes todavía guarda el blanco de la noche.
El jazmín sube por el muro del fondo con esa obstinación silenciosa de las plantas que no piden
permiso, y su olor llena el aire con una intensidad que la memoria ha conservado intacta, sin
deterioro, como si el olfato fuera el sentido más fiel de todos.
Las macetas están por todas partes. Geranios rojos, helechos, flores cuyos nombres no conocía
entonces y que tampoco importaban: eran simplemente parte del paisaje, parte de ese orden
doméstico que las mujeres de la casa mantenían con una dedicación que nadie nombraba porque era
invisible, como el agua y el aire.
Es el patio de mis abuelos. Y ese patio es, durante estos años, el centro del universo.
La despedida que no entendí
Hoy, desde la distancia —física, sí, pero también desde otro lugar más íntimo, desde un
planteamiento de la vida que se ha ido alejando de la fe que aquella familia respiraba con
naturalidad— hoy intento reconstruir lo que ocurría en aquel patio el día que Pilar se marchaba.
Pilar. Mi tía. La pequeña de ocho hermanos, que cumple hoy ochenta y cinco años.
La familia había ido llegando a lo largo de la mañana. Los tíos, los primos, los vecinos que en los
pueblos de Andalucía forman también una especie de familia extendida y porosa. Llegaban con el
ruido característico de las reuniones grandes: un jaleo de voces superpuestas, saludos, niños
corriendo entre las piernas de los adultos, sillas que se arrastran, el golpe de una puerta, el llanto de
un bebé que nadie atiende porque hay demasiadas cosas ocurriendo a la vez.
Los hombres se agrupaban, como siempre, en un rincón del patio. Hablaban del campo. De las
labores, de la cosecha, del tiempo que venía. Hablaban con esa gravedad práctica que tiene la
conversación cuando trata de lo que da de comer. Yo los miraba desde abajo, cuatro años y un
palmo, sin entender las palabras pero sí el tono: el tono de los hombres que resuelven el mundo
mientras el mundo sigue igual.
Las mujeres, en cambio, llevaban horas en la cocina. El ruido que salía de allí era otro: el
chisporroteo del aceite, el golpe sordo de la masa, las voces más altas y más rápidas, el trajín de
quien tiene las manos siempre ocupadas. Preparaban la comida. Preparaban también dulces, pasteles
caseros, esas recetas que no están escritas en ningún sitio porque viven en las manos de quien las
hace y pasan así, de generación en generación, sin papel de por medio.
A mí tía Pilar,.en su 85 aniversario
Nota. Repuesta de Pilar"
Gracias Pepe me ha emocionado, lo has puesto todo al vivo.
Qué recuerdos ! Me ha encantado la descripción de patio del que guardo tatos recuerdos entre ellos a tí conmigo tirándonos agua con el grifo abierto y tu muerto de risa lo recuerdo como si fuera hoy, y otro día salió un ratoncito de la palmera, tu corriendo como otro ratoncillo lograste cogerlo y te lo metiste en el bolsillo y todo nervioso lo apretabas con la mano , esto lo he contado muchos veces porque fue algo histórico ,de esto tengo muchos recuerdos. Qué felices aquellos tiempos! Puedes escribir lo que deseas sí que me gustaría lo mandarás a los primos para que se hagan una idea ya me dirás
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