Emigrantes de nuestra infancia
Todos somos, de una manera u otra, emigrantes de nuestra infancia. Lo dijo Mohsin Hamid hablando de refugiados, de esa infancia que se pierde y a la que nunca podemos regresar por más que volvamos al lugar donde ocurrió. Yo prefiero la palabra emigrante. Refugiado es quien huye de algo que lo expulsa; emigrante es quien se va buscando algo que el lugar de origen no puede darle. Y esa es, con más precisión, mi historia.
No fui refugiado de nada. Fui, si acaso, un emigrante tardío y no reconocido.
Mis conciudadanos de Benamejí ya se habían ido, quince o veinte años antes que yo, empujados por una necesidad que no admitía discusión: no había con qué vivir. Se fueron a Cataluña, a Alemania, a Francia, con las manos y la voluntad de trabajar en lo que fuera, porque el hambre no elige oficio. Esa emigración tiene relato, tiene nombre, tiene lugar en la memoria colectiva de España. Se la entiende, se la honra, se la llora en las novelas y en las canciones.
La mía no.
Yo me fui en los años ochenta, con estudios universitarios recién terminados, de una tierra que me había dado la posibilidad de formarme pero no la de ejercer lo que había aprendido. Benamejí no tenía sitio para mí más que en Autoservicio Paco, la tienda que mi padre fundó en los años cincuenta, el mismo año en que yo nací, y que para entonces gestionaba mi madre. O en el campo. O repartiendo botellas de butano por las calles del pueblo. No era pobreza lo que me expulsaba: era la distancia entre lo que había llegado a ser y lo que la tierra podía ofrecerme. Un exilio de formación, no de hambre. Una emigración de clase, silenciosa, sin relato compartido que la explicara ni siquiera a mí mismo.
Por eso digo que fue una migración no reconocida. No encajaba en el relato dominante. Nadie esperaba que un universitario emigrara: se suponía que el universitario era, precisamente, el que se quedaba, el que triunfaba, el que no necesitaba irse. Emigrar con estudios no cabía en la historia que todos conocían. Tuve que inventarme yo mismo la autorización para partir, porque nadie más iba a dármela. Sin orden ni licencia.
Pero no fue menos ruptura por ser distinta. Separarme de los amigos, de la familia, de una cultura y una lengua para integrarme en otras —catalanas, distintas, con sus propias costumbres— fue una fractura física y psicológica tan real como cualquier otra. Se rompe algo cuando uno se va, no importa el motivo: se rompen los recuerdos en un antes y un después, se rompe la memoria en la que quedó y la que se hace nueva, se rompe el carácter que uno tenía y el que va construyendo lejos, se rompe, en definitiva, la vida que hubiera sido y la que finalmente es.
Y debajo de todo eso, más honda que la emigración geográfica, más antigua que mis veintipocos años de entonces, estaba la otra emigración: la de mi propia infancia. Porque antes de irme de Benamejí ya me había ido, sin saberlo, de aquel niño que fui en sus calles, en la tienda de mi padre, en el reparto de butano, en los oficios que no llegué a ejercer porque otro camino se abrió primero. Tomar conciencia de esa emigración —la de la infancia, la que ocurre aunque uno nunca se mueva— es quizás el verdadero comienzo de estas memorias.
No sé en qué orden llegarán los fragmentos que siguen. No tengo licencia de nadie para contarlos como los cuento. Pero sé, ahora, desde dónde emigro.
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