Halcón
«El halcón es una ave rapaz conocida por ser el animal más rápido del mundo, Se caracterizan por sus alas finas y puntiagudas, visión excepcional, pico ganchudo, gran capacidad de luchar las presas, por su agudeza en en verlas y por su fortaleza en cazarlas y volar al nido para alimentar a su prole. Son temperamentales, decididos y responsables, les gusta analizar las cosas antes de actuar y mantienen la calma ante los problemas.»
Hubo un tiempo en que yo era el grande.
No en tamaño, claro. Nunca fui el grande en tamaño. Pero hay otras formas de ser grande, y una de ellas es ser el que está delante, el que va primero, el que pone el cuerpo cuando hace falta. Y durante los primeros tiempos, eso fui yo para él.
Mi hermano pequeño llegó al mundo con aspecto de no haber llegado a nada todavía. Desgarbado, con algo en la mirada que era demasiado intenso para el cuerpo que lo contenía, como si los ojos le hubieran crecido antes que el resto. Los demás lo veían raro, esa rareza que no saben nombrar los que no tienen vocabulario para lo extraordinario, y entonces, en lugar de nombrarlo, lo señalan (gafita cuatro ojos) y lo convierten en blanco. Lo usan para reírse de algo que en el fondo les incomoda porque no entienden (tozino).
Yo sí entendía. Y cuando los veía a esos que hacían de su diferencia un juego sucio algo se encendía en mí que no tenía nombre todavía pero que era antiguo y contundente. Me ponía delante, con todo lo que tenía, que no era mucho en términos físicos, pero era todo, que eso marca la diferencia. Los miraba con esa mirada que dice hasta aquí, sin palabras, porque las palabras a veces son un rodeo innecesario. Y entonces se detenían. Siempre se detenían. Hay algo en quien no tiene miedo que resulta desconcertante para quien solo actúa cuando el terreno es seguro. Así que durante un tiempo, yo fui su sombra protectora. Su pequeña muralla. Y él lo sabía, y entre nosotros quedó algo de eso para siempre, ese sentimiento que no desaparece aunque todo lo demás cambie, y todo lo demás cambió.
Creció, no como crecen los demás, que es un proceso discreto y gradual que casi no se nota él creció de golpe, en aceleraciones, como si el cuerpo hubiera estado esperando una señal y de pronto la recibiera. Un día tuve que levantar la vista para mirarlo. Y luego un poco más. Y luego otro poco. Hasta que mirarle a los ojos fue mirar hacia arriba, hacia ese lugar donde los que vuelan alto tienen puesta la cabeza, pero lo más extraordinario no era el tamaño, era la mirada.
Esos ojos que de crío habían parecido demasiado grandes para su cara resultaron ser exactamente del tamaño correcto para lo que venía. Una mirada que no se posaba en las cosas: las atravesaba. Que recorría el horizonte con una calma técnica, sin prisa y sin pausa, catalogando distancias, calibrando movimientos, procesando información que para los demás era simplemente paisaje.
Yo tenía intuición, él tenía visión y son cosas distintas. La intuición es interior, es un saber que sube desde dentro. La visión de Halcón era exterior y matemática: veía el ratón donde yo veía el campo. Veía la ocasión donde yo veía la circunstancia. Y entonces sin deliberar, sin dudar, con esa eficiencia que solo tienen los que han nacido para una cosa concreta iba a por ello. Las garras cerrándose, conseguían el premio, y luego volvía.
Volver también era parte de él: volvía. No era de los que cazan para sí. Era de los que traen lo que han cazado y lo ponen sobre la mesa de los suyos con una sencillez que hacía el gesto todavía más grande. Cuántas veces fue él el sustento. Cuántas veces la casa comió por su agudeza y su constancia. Lo hacía sin llevar la cuenta, que es la única manera honesta de hacer esas cosas. Y luego voló.
Tenía que volar. Ley de vida, como dicen los que han visto suficiente vida para saber que tiene leyes. Las montañas lejanas lo llamaban con la misma lógica con que el río busca el mar: no por elección exactamente, sino por naturaleza. Donde había presas más grandes, donde el horizonte era más ancho, donde sus alas encontraran el aire que necesitaban para ser completamente lo que eran.
Se fue orgulloso por su prole, se fue sin dejar su origen, aquella tribu pequeña y diversa que habíamos sido. Y nosotros le dejamos ir orgullosos de él, pero la vida en las alturas tiene su precio, como explicaba los reportajes de Félix Rodríguez de la Fuente, “así es la verdad: el halcón vuelve herido. No siempre, no de cualquier batalla, pero vuelve herido cuando el enemigo es más fuerte o cuando son muchos o cuando el viento no acompaña. Vuelve al nido sin la altivez del vuelo, con algo en el ala que cede, con esa dignidad quebrada a medias que es la parte más difícil de ver en alguien que admiras”.
Se curaba solo, principalmente, eso también era él. Luego observaba los valles más cercanos. El vuelo corto primero, tanteando, midiendo. Y después, de nuevo, el horizonte, siempre el horizonte.
Nuestra relación no necesitó nunca demasiadas palabras. Era de otro tipo: de esas que se construyen en los momentos verdaderos y luego se sostienen solas, sin mantenimiento, sin revisiones periódicas. Cuando nos veíamos, estábamos donde lo habíamos dejado. Sin distancia acumulada.
Su fortaleza había sido mi sostén en momentos que no le conté pero que él, con esa mirada que atravesaba las cosas, probablemente veía igualmente. Su agudeza me había enseñado que ver lejos no es lo mismo que tener razón, pero que tampoco es poca cosa.
Su constancia “esa manera de levantarse y volver y levantarse de nuevo” era un modelo que yo admiraba sinceramente, aunque mi propia forma de levantarme fuera completamente distinta. Más interior, más conceptual, más basada en la comprensión que en la repetición.
Éramos distintos, los dos lo sabíamos, en esa diferencia, extrañamente, era donde mejor nos entendíamos.
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