La historia que un apellido guarda entre sus letras
Hay decisiones que uno toma de golpe, aunque lleve toda la vida madurándolas.
La mía fue una mañana de otoño, poco después de jubilarme, sentado frente al ordenador con una taza de café que se enfriaba despacio. Abrí el documento donde llevaba años anotando datos sueltos —fechas, nombres, lugares— y, sin pensarlo demasiado, escribí mi apellido de una forma que nunca había antes lo había hecho: Hartacho. Con hache.
No era un capricho. Era, a mi manera, un homenaje. Una declaración silenciosa de que me disponía a tomar en serio lo que siempre había sido una obsesión de los márgenes: averiguar de dónde venimos los Artacho. De dónde vengo yo.
Llevaba décadas trabajando —docencia, gestión, reuniones, informes— con la sensación de que algo importante quedaba siempre para más tarde. Ese más tarde llegó cuando firmé los papeles de la jubilación. A partir de ese día, el tiempo era mío. Y yo lo tenía claro: iba a dedicarlo a reconstruir la memoria de un apellido que, según me habían dicho de niño, venía del norte y tenía historia. Nunca supe más. Nadie en la familia lo sabía con certeza.
Decidí añadir la hache como quien pone una bandera al inicio de un camino. Hartacho. Una letra que en euskera suena natural, que evoca el peso antiguo de una palabra que todavía no comprendía del todo, pero que intuía enraizada en algún bosque de encinas del norte de España. No imaginaba hasta qué punto estaba en lo cierto.
El primer mes fue de preparación y de torpeza.
Un amigo me habló de Gramps, un programa informático gratuito y de código abierto, diseñado para construir árboles genealógicos y gestionar fuentes documentales. Lo descargué una tarde de lluvia, lo estudié durante una semana con la misma disciplina con la que había aprendido cualquier herramienta técnica en mi vida profesional, y en cuanto lo dominé mínimamente, empecé a volcar en él los datos dispersos que había ido acumulando sin método durante años.
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