La máquina de escribir
Llegó un día de los años sesenta, guardada en su estuche como si fuera algo frágil y valioso — porque lo era.
Mi padre la trajo. Un hombre que había aprendido a leer la tierra antes que los libros, que sabía cuándo llover antes de que lloviera, que conocía el trigo por el olor. Ese mismo hombre entró un día por la puerta de atrás de la tienda de ultramarinos con una maleta burdeos bajo el brazo.
Dentro: la máquina verde.
Verde como el campo de donde veníamos. Verde como una promesa.
La pusieron en una pequeña habitación, detrás del mostrador. Había poco espacio, pero le hicimos un hueco — igual que siempre le hacemos hueco a las cosas que significan algo. Llegó con su mesita metálica de ruedas, que rodaba con una suavidad casi ridícula sobre el suelo de aquella habitación. Y con su manual.
El manual lo tenía todo: cómo cambiar la cinta —azul lado superior, roja por el inferior—, cómo colocar el papel, cómo hacer sonar el timbre del fin de línea. Y al final, el curso de mecanografía.
Mecanografía: el arte de escribir a máquina con los diez dedos, sin mirar las teclas. Cada dedo tiene sus letras asignadas. Es como aprender música: al principio va despacio, pero un día los dedos lo saben solos.
El curso mostraba unas manos dibujadas encima de un teclado. Cada dedo en su sitio. Yo ponía mis dedos pequeños encima de aquellas teclas negras y pensaba que estaba tocando algo muy serio.
Mi padre no era solo agricultor. Era de esos hombres que veían más lejos que el horizonte del campo.
Junto a sus hermanos, fueron de los primeros en tener un tractor por aquellas tierras. Y luego la cosechadora. Una máquina grande, ruidosa, que olía a aceite y a futuro. La llevaban de Granada hasta casi Salamanca, siguiendo el trigo — porque el trigo no madura igual en todas partes. En el sur crece antes. Cuando allí ya habían cosechado, subían hacia el norte, donde el trigo todavía esperaba.
Cosechadora: máquina que corta y recoge el trigo del campo. Antes se hacía todo a mano, con hoz, con mucho tiempo y muchas personas. Con la cosechadora, en pocos días se recogía lo que antes llevaba semanas.
Aquella caravana de maquinaria por las carreteras de España, como un rebaño mecánico siguiendo la maduración del grano , era la misma mentalidad que había detrás de la máquina verde. Ver lo que viene. Moverse hacia ello.
La Olivetti Studio 44 no era solo una herramienta. Era una señal. La misma que el tractor, que la cosechadora. Aquí hay alguien que mira adelante.
Hace unas semanas, paseando por la calle, una tienda, el azar, me encontré con una de mis alumnas venite años atrás. Nos saludamos efusivamente y nos regalamos recuerdos nostálgicos, me complació cuando dijo que recordaba. En "las clases de informática" los diez minutos de cada día. Y las teclas tapadas con Gomes.
Gomet: pegatina pequeña y redonda, de colores. En clase, tapábamos cada tecla con un gomet del color del dedo que debía pulsarla. Así los alumnos no podían hacer trampa mirando. Tenían que aprender a sentir dónde estaba cada letra (y las profes se quejaban por nompoder escribir).
Me lo dijo con ese tono que tienen los recuerdos agradecidos: no sentimental, sino tranquilo. Como quien confirma algo que ya sabía pero que se alegra de poder decir en voz alta.
Pensé en mis dedos pequeños sobre las teclas de la máquina verde.
Pensé en los dedos de mis alumnos sobre teclas tapadas de colores.
Pensé en mi padre entrando por la puerta de atrás con la maleta burdeos.
Hay cosas que no se heredan materialmente, se heredan con palabras, con letras, se heredan con los dedos y llegan a los sentimientos.
La reconocéis?

Olivetti Studio 44, años sesenta.
Una máquina que todavía existe. Un padre que sigue presente.
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