Al salir de la escuela, intercambiábamos cromos que pegábamos con gachuela, una especie de pegamento hecho con harina y agua, en nuestros álbumes. A mí me gustaban especialmente los de castillos de España, aunque los más coleccionados solían ser los de futbolistas y los de Fauna Ibérica.
A veces, un cromo podía cambiarse por varias canicas de barro o por una de cristal. Estas últimas reflejaban vivos colores cuando los rayos del sol las atravesaban.
En otoño, cuando las tardes eran más cortas, nos entusiasmábamos con el trompo de púa de caballo, que comprábamos en la tienda del Sombrero o en el estanco de Manolito. Pasábamos el rato intentando sacar del hoyo, escarbado en la dura tierra, el trompo de algún compañero. A veces jugábamos incluso en algún tramo mal empedrado de la calle de la Portal.
Por aquellas calles transitaban mulos y otras bestias de laboreo, acompañados de los jornaleros que regresaban del campo. En otras ocasiones aparecía un tractor Lanz azul, con su particular ruido: «¡Pum... pum... pum...!». El traqueteo rítmico e inconfundible de su motor de dos tiempos y la inmensa humareda que soltaba al arrancar inspiraron infinidad de chascarrillos e historias.
Otras veces pasaba el único camión que recuerdo, un Ebro-35 de color rojo, de la familia Moliz. Alternaba el transporte de sacos de harina al horno con el de cajas de uvas durante aquellos días de vendimia.
Entonces abandonábamos los trompos y los aros de hierro para correr detrás del camión, intentando conseguir algún racimo de uvas antes de que llegara a la tienda de Reyes y doblara la esquina en dirección al lagar de Ceno, que por entonces estaba al principio de la calle de los Marqueses, frente a la casa donde yo nací.
Más tarde, cuando la noche ya había oscurecido las calles, nos reuníamos formando un corrillo. Los muchachos más mayores nos entretenían contándonos historias de miedo.
Recuerdo de manera especial una que hacía referencia a «la Murtra de Encinarales»*. Era un personaje del que se decía que podía ser un hombre viejo o una mujer, de piel oscura, que utilizaba una gancha o bastón y vestía con «jarapos».
Esta palabra, que todavía se emplea en algunos lugares, hace referencia a jirones de ropa o a prendas viejas y andrajosas. También se dice de quien lleva la camisa por fuera del pantalón que va con los jarapos fuera.
A aquel pobre personaje se le atribuía una leyenda que, con distintas variantes, se conocía en otros lugares como la del hombre del saco: recorría pueblos y cortijos secuestrando niños y niñas para venderlos después en otros pueblos.
No hay peor desdicha que la de ser pobre y cargar, además, con las historias que otros inventan sobre uno. En aquella sociedad, donde la moral parecía reducirse a una distinción sencilla entre lo bueno y lo malo, la pobreza podía convertirse también en motivo de sospecha y rechazo.
Así llegaba la hora de cenar. Salíamos corriendo hacia casa, sin más que contar por aquella noche.
Tal vez porque nuestros padres, y seguramente también los suyos, habían hecho trastadas parecidas cuando eran pequeños, aquellas leyendas seguían pasando de una generación a otra. Los mayores nos las contaban sentados en las gradillas de algún portal, y nosotros las escuchábamos entre la fascinación y el miedo, sin saber muy bien dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la imaginación.
Hoy, al recordarlas, pienso que aquellas historias formaban parte de nuestra manera de entender el mundo. Eran relatos transmitidos de boca en boca, nacidos quizá del miedo, de la necesidad de advertir a los niños o, sencillamente, de las ganas de asustar un poco a quienes todavía teníamos toda la noche por delante.
Nota. *No sabría decir hoy si la llamábamos la Murtra o la Nutra de Encinarales. La memoria, después de tantos años, me hace dudar incluso del nombre. Encinarales era nuestra manera de pronunciar el nombre del pueblo vecino, Encinas Reales. He preferido conservar aquella forma de hablar, tal como ha llegado hasta mis recuerdos.