La papeleta
Hoy me ha venido a la memoria una anécdota vivida entre mi hermano mayor y mi padre.
Era los primeros años de la década de los 60, él debía tener apenas 8 o 9 años. En el entorno familiar, una de las actividades económicas era la matanza del cerdo, y la posterior venta del despiece en la chacineria.
De madrugada, ya habían recogido los cochinos, del corral donde habían nacido, crecido y engordado durante casi un año. Los habían conducido unos 300 metros por las calles que les separaban de casa donde ya esperaba Miguelillo, dispuesto a cerrar el ciclo de la vida. Unas horas antes habían encendido el fuego y puesto el calderón de agua a hervir. Todo estaba a punto, al cabo de unas horas la primera parte de la "faena" había acabado y entonces empezaba la del despiece, el salado y la elaboración de los fiambres que duraría hasta bien pasado el mediodía.
A primeras hora, cuando el resto de la actividad del pueblo se ponía en marcha, abrían las puertas del ayuntamiento, y el resto de oficios bien considerados como el médico, el notario y los comercios.
Entonces mi padre le encargaba al primogénito la tarea burocrática.
- Ve al Ayuntamiento a sacar la papeleta de la matanza, para 2 cerdos.
- Papa hay 3 cerdos, respondió mi hermano, todo contento de haber descubierto un pequeño error por parte de nuestro padre, y que podía ocasionar alguna penalización.
Mi padre muy serio tomo de la mano a mi hermano y poniéndolo delante de la mesa del despiece, le preguntò.
- Cuantos cerdos hay?
- Hay 3 cabezas y 3 rabos, por lo tanto hay 3 cerdos. Respondió todo orgulloso de su exitosa deducción matemática.
Todo serio, sin dejarle libre la mano, le respondió ççp:
- No hijo mio. Cuentalo bien, ahí hay 2 cerdos, ves 1 y 2.
- No papá hay 3. Contando nuevamente 'Un" y notaba con más fuerza la presión de aquella mano curtida por el duro trabajo, "dos" de nuevo notaba un aumento progresivo sobre la pequeña mano, y ... "tr..e..." Ay! Me duele. Unas lágrimas, sin compungido, se deslizaban por la suave mejilla de aquel niño que tragaba saliva y conocimiento adquirido sin volver a rechistar.
La "papeleta" era el comprobante de haber gestionado el impuesto y que el ayuntamiento expedía. Con la papeleta, el veterinario municipal, analizaba las muestras de los cerdos sacrificados, en una época de un país tercermundista, como lo era el nuestro, el certificado de salud daba luz verde para la venta al por menor de las piezas sacrificadas.
Soy consciente del motivo por el cual guardo este recuerdo, quede como lenguaje elíptico, la razón de este escrito.
Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario.
Solo los suscriptores pueden dejar comentarios.
Suscribirme para comentar
Otras memorias Explora más historias
01
Narración
Emigrantes de nuestra infancia
Todos somos, de una manera u otra, emigrantes de nuestra infancia. Lo dijo Mohsin Hamid hablando de refugiados, de esa i...
02
Narración
Las fotos
Hay tres fotografías. Las tengo delante ahora mismo, sobre la mesa donde escribo, y no sé muy bien en qué orden mirarlas...
03
Narración
Del gorrión y el canario, para todos los gustos
Cada uno una cosa. Todos, juntos, algo que no tenía nombre exacto pero que yo reconocía como mío. Como el lugar desde el...