La torre de Benamejí
Hay una fotografía que guardo en la memoria antes de guardarla en
ningún álbum: la torre de la Benamejí recortada contra un cielo
blancuzco de finales de los setenta, con ese color rosado que daban
las películas de entonces a todo lo que tocaban, como si el pasado
tuviera siempre la misma temperatura cálida.
“Por tu figura y hermosura,
no
hay torre más salerosa |
|
La torre era el centro del mundo. No era el ayuntamiento, ni la
plaza, ni el jardín. Era la torre.
Porque la torre se veía desde todos sitios. Desde la era, desde el camino del cementerio, desde el tejado de la casa de la abuela si te encaramabas con cuidado al borde donde no debías. Era el punto fijo alrededor del cual giraba todo lo demás — las calles de trazado ortogonal de calles anchas y rectas que se cruzan de manera regular, las horas del día marcadas por las campanas que todos oíamos sin escucharlas, incorporadas ya al ritmo del cuerpo como el hambre o el sueño.
El campanario tenía un reloj. Un reloj redondo, azul, con letras doradas que yo nunca terminé de leer bien desde abajo. Daba las horas con una seriedad que imponía. Cuando sonaba a mediodía, las madres abrían las ventanas. Cuando sonaba el ángelus de la tarde, los hombres volvían del campo. El reloj no marcaba el tiempo: lo organizaba.
La aguja de la torre — ese chapitel en espiral que se adelgaza hacia el cielo con una elegancia un poco presuntuosa para un pueblo de tres mil almas — era lo último que se veía al irse y lo primero que se buscaba al volver. Los que se marcharon al norte, a las fábricas de Bilbao, a las tierras catalanas o a las obras de Alemania, decían que lo primero que reconocían, kilometros antes de llegar al pueblo, entre los olivos, ya en los Llanos de Don Juan, y antes de bajar del autobús, era la aguja, chapitel, con base de ocho lados. Antes que ninguna cara. Antes que ninguna voz.
Por eso la torre no era solo la iglesia. Era la señal de que seguías perteneciendo a algún sitio.
Hay tres fotografías. Las tengo delante ahora mismo, sobre
la mesa donde escribo, y no sé muy bien en qué orden mirarlas.
La primera es en la calle Aguilar. Yo soy el pequeño de la derecha, con esa expresión entre seria y perdida que tienen los niños cuando alguien les pide que se estén quietos. Mi hermana va vestida de angelito — diadema de flores, manos juntas, vestido largo — por alguna festividad del calendario que en aquella época se vivía con una naturalidad que ya no existe. No era devoción exactamente, o no solo: era el ritmo del año, el mismo que marcaba la siembra y la matanza y la feria. Los santos eran parte del paisaje, como las estaciones.
Al fondo, a la derecha, la caseta del turronero. Antonio se llamaba el dueño. Su hijo Luis era uno de los nuestros, de esos compañeros de infancia que no se eligen pero que tampoco se reemplazan. Mi abuela paterna — virtuosa, decimos en el pueblo de las personas que tienen una bondad sin aspavientos — le abría el portal de la puerta principal para que pasaran las horas de la siesta. La hamaca de tela. El botijo de agua fresca. Ese gesto pequeño que no cuesta nada y que el que lo recibe no olvida nunca.
Al fondo de la calle, la grieta. Que no era exactamente una grieta sino una pendiente donde la tierra cedía, por las filtraciones del Genil o por algún pequeño temblor de los que de vez en cuando recordaban que el suelo no es tan firme como parece. Los niños del barrio sabíamos que estaba ahí. Los adultos también lo sabían y no decían nada, que es otra forma de saber.
La segunda foto es en la calle de los Marqueses. La calle lleva ese nombre porque la historia del pueblo lleva ese nombre: los que trajeron el dinero para la iglesia, los que pusieron sus escudos en las fachadas, los que fundaron esto y pusieron condiciones. El adoquín de la calle es el mismo de entonces, o casi. Piedra sobre piedra, sin cemento, sin planificación, con esa solidez irregular de las cosas que duran porque nadie se ha molestado en quitarlas.
En la foto somos tres. Yo bebé sentado en el suelo, sobre los adoquines, con esa despreocupación que solo tiene quien todavía no sabe lo que es caerse.
La tercera foto la miro siempre la última, aunque sé que está ahí.
Soy yo solo, en el paseo. Camisa oscura, pantalón corto, sandalias blancas. Miro a la cámara con una expresión que no sé leer del todo, que nunca he sabido leer del todo. Detrás, los árboles del paseo, altos, con esa sombra generosa que en verano hacía del paseo el único sitio del pueblo donde el calor aflojaba un poco.
Lo que no se ve en la foto es lo que había dentro de mí: un quiste hidatídico. Así se llama — una larva de parásito que crece enquistada en un órgano, generalmente el hígado o el pulmón, y que a finales de los años cincuenta, en un pueblo del sur de Córdoba, tenía pocas soluciones conocidas y menos medios disponibles.
La familia esperaba lo peor. Querían conservar un recuerdo.
Eso es lo que es esta foto: un recuerdo para después de mí, hecho antes de que yo me fuera. Tenía tres años, o cuatro, y no lo sabía. Miraba a la cámara con esa expresión que no sé leer, y detrás de mí los árboles del paseo hacían sombra como siempre, como si el mundo siguiera su marcha con independencia de lo que le estuviera pasando a uno.
El mundo suele hacer eso.
Sobreviví. No sé muy bien cómo, o sí lo sé pero la historia médica de entonces es tan escasa que reconstruirla sería inventársela. Lo que sé es que estoy aquí escribiendo esto, y que la foto existe, y que en ella hay un niño que no sabe que su familia lo está mirando por si acaso.
A veces pienso en ese niño y en lo que no sabía. Y no siento lástima, exactamente. Siento algo más parecido a gratitud, aunque no tengo claro hacia quién.

A mis padres, a Don Tomas Manzanares (hijo), a Acero, pero eso será motivo en otro recuerdo.
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