Las botas de goma
Aquella mañana mi hermano y yo éramos los dueños del mundo.
Él tenía cinco años. Yo, ocho. Y los dos habíamos estrenado botas de goma esa misma mañana. Las llamaban catiuskas —botas altas, impermeables, de un negro brillante— y eran la clase de cosa que te hace caminar diferente, con más confianza, como si el suelo mojado o el barro ya no fueran problema tuyo.
En casa éramos seis hermanos. Mi madre esperaba el séptimo. Mi padre llevaba adelante la charcutería familiar, que en aquellos años —estábamos en los sesenta— no era solo un negocio: era la economía de toda la familia. Y esa economía empezaba mucho antes del mostrador y el cuchillo. Empezaba en el corralón.
Fuimos con él, como cada mañana.
El corralón era un patio grande, de tierra apelmazada y olor fuerte. Para los ojos de un niño de ocho años, resultaba enorme. A un lado se levantaban las corraletas: una fila de divisiones cubiertas, cada una con su función.
(Las corraletas eran pequeños compartimentos separados donde vivían los cerdos según su etapa. Como habitaciones con un uso concreto.)
En una vivían las marranas —las cerdas hembras— que estaban preñadas o que acababan de parir. Necesitaban tranquilidad y espacio para cuidar a sus crías. En otra estaban los cerdos de engorde: animales más grandes, que comían y crecían hasta alcanzar el peso necesario para la matanza. La charcutería necesitaba esa materia prima. Sin cerdos, no había embutido. Sin embutido, no había negocio. Sin negocio, no había casa.
La habitación más pequeña la ocupaba el berraco.
Era el macho. El único macho del corralón. Su trabajo era uno solo: cubrir a las hembras para que quedaran preñadas. Sin él no había crías, sin crías no había engorde, sin engorde no había nada de lo demás. Era, aunque nadie lo dijera con esas palabras, la pieza más importante de la cadena.
Mi hermano y yo lo observábamos desde la valla. Lo habíamos visto trabajar más de una vez. Sabíamos lo que hacía, aunque nadie nos lo hubiera explicado. En casa nunca se habló de esas cosas. El sexo no existía como palabra, ni como conversación. Pero existía ahí, delante de nosotros, en el corralón, cada mañana, sin disimulo y sin drama. Lo aprendimos como se aprenden las cosas verdaderas: mirando.
Pero aquella mañana no estábamos pensando en el berraco.
Estábamos pensando en las botas.
Al fondo del patio había el barranco. Así lo llamábamos. Era una especie de fosa grande, a ras del suelo, abierta, que hacía las veces de depósito. Allí iban a parar todos los excrementos de los cerdos. Una mezcla espesa, oscura, que olía a lo que era.
(En las granjas de aquella época, los purines —así se llama técnicamente a los residuos líquidos de los animales— se acumulaban en fosas para luego usarse como abono. Era un sistema antiguo y funcional. Nadie lo llamaba reciclaje, pero lo era.)
Las botas nos daban valor. Esa es la única explicación que tengo. Ese barniz de seguridad que da estrenar algo nuevo, la sensación de que ya nada puede mancharte ni alcanzarte. Mi hermano fue el primero en acercarse al borde. Yo fui el primero en bajar.
Entramos despacio, como exploradores. El suelo cedía un poco bajo el peso. Lo noté, pero lo ignoré. Mi hermano me seguía. Las botas aguantaban. Nos sentíamos invencibles.
Fueron unos minutos.
Luego, sin que pudiéramos explicar bien cuándo empezó, los pies dejaron de responder. La masa era más espesa de lo que parecía. Cada paso que intentábamos dar nos hundía un poco más. Como arenas movedizas, solo que peor. Mucho peor.
(Las arenas movedizas son suelos saturados de agua que pierden su firmeza. Algo parecido ocurre con los lodos orgánicos: al removerlos, se vuelven inestables y pueden succionar hacia abajo.)
Gritamos. Los dos. A la vez.
Mi padre llegó rápido.
Lo primero que hizo fue reírse. No de nosotros, o quizá sí, pero de una manera que no dolía. Era la risa de alguien que ya ha visto cosas parecidas, que sabe que el susto ha pasado y que lo que queda es solo el ridículo. Nos sacó a los dos con los brazos, con esa fuerza tranquila que tenía, y nos llevó hasta la manguera.
La misma manguera que usaba para lavar a los cerdos.
Nos limpió allí mismo, en el patio, con el chorro de agua fría, mientras nosotros temblábamos y él seguía con esa media sonrisa. Las catiuskas nuevas, negras y brillantes aquella mañana, chorreaban algo que prefiero no describir con detalle.
Luego vino la riña. No fue larga, pero fue seria. Las consecuencias que nos esperaban en casa —mi madre, el olor, la ropa, la explicación— eran suficiente castigo.
Aquella mañana, sin que nadie nos lo enseñara, habíamos aprendido varias cosas.
Habíamos aprendido que el valor sin juicio lleva a la fosa. Que las botas nuevas no te hacen invencible. Y que el trabajo sucio —el que huele, el que nadie quiere ver, el que sostiene todo lo demás— tiene su propia dignidad, aunque el mundo no siempre se la reconozca.
Mi padre pasaba horas en ese corralón. Cuidaba a esos animales con la misma seriedad con que otros cuidan cosas más valoradas. Nadie se lo agradecía. Nadie lo presumía. Era trabajo de los que se hacen y se callan.
Y en cuanto a lo otro —lo que habíamos visto tantas veces en el corralón, lo que el berraco hacía y las marranas esperaban, lo que producía las crías y empezaba el ciclo entero— eso nunca se habló en casa. Ni esa tarde ni ninguna otra.
Pero lo sabíamos.
Lo habíamos aprendido mirando, como se aprende casi todo lo importante.
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