Las fotos
Hay tres fotografías. Las tengo delante ahora mismo, sobre la mesa donde escribo, y no sé muy bien en qué orden mirarlas.

I.
La primera es en la calle Aguilar. Yo soy el pequeño de la derecha, con esa expresión entre seria y perdida que tienen los niños cuando alguien les pide que se estén quietos. Mi hermana va vestida de angelito — diadema de flores, manos juntas, vestido largo — por alguna festividad del calendario que en aquella época se vivía con una naturalidad que ya no existe. No era devoción exactamente, o no solo: era el ritmo del año, el mismo que marcaba la siembra y la matanza y la feria. Los santos eran parte del paisaje, como las estaciones.
Al fondo, a la derecha, la caseta del turronero. Antonio se llamaba el dueño. Su hijo Luis era uno de los nuestros, de esos compañeros de infancia que no se eligen pero que tampoco se reemplazan. Mi abuela paterna — virtuosa, decimos en el pueblo de las personas que tienen una bondad sin aspavientos — le abría el portal de la puerta principal para que pasaran las horas de la siesta. La hamaca de tela. El botijo de agua fresca. Ese gesto pequeño que no cuesta nada y que el que lo recibe no olvida nunca.
Al fondo de la calle, la grieta. Que no era exactamente una grieta sino una pendiente donde la tierra cedía, por las filtraciones del Genil o por algún pequeño temblor de los que de vez en cuando recordaban que el suelo no es tan firme como parece. Los niños del pueblo sabíamos que estaba ahí. Los adultos también lo sabían y no decían nada, que es otra forma de saber.
II.
La segunda foto es en la calle de los Marqueses. La calle lleva ese nombre porque la historia del pueblo lleva ese nombre: los que trajeron el dinero para la iglesia, los que pusieron sus escudos en las fachadas, los que fundaron esto y pusieron condiciones. El adoquín de la calle es el mismo de entonces, o casi. Piedra sobre piedra, sin cemento, sin planificación, con esa solidez irregular de las cosas que duran porque nadie se ha molestado en quitarlas.
En la foto somos tres. Yo soy el bebé sentado en el suelo, sobre los adoquines, con esa despreocupación que solo tiene quien todavía no sabe lo que es caerse.
III.
La tercera foto la miro siempre la última, aunque sé que está ahí.
Soy yo solo, en el paseo. Camisa oscura, pantalón corto, sandalias blancas. Miro a la cámara con una expresión que no sé leer del todo, que nunca he sabido leer del todo. Detrás, los árboles del paseo, con esa sombra, escasa, que en verano hacía del paseo el sitio del pueblo donde el calor no aflojaba, al contrario, era más intensa por el reflejo de las lozas de pequeños cuadrados.
Lo que no se ve en la foto es lo que había dentro de mí: un quiste hidatídico. Así se llama — una larva de parásito que crece enquistada en un órgano, generalmente el hígado o el pulmón, y que a finales de los años cincuenta, en un pueblo del sur de Córdoba, tenía pocas soluciones conocidas y menos medios disponibles.
La familia esperaba lo peor. Querían conservar un recuerdo.
Eso es lo que es esta foto: un recuerdo para después de mí, hecho antes de que yo me fuera. Tenía tres años, o cuatro, y no lo sabía. Miraba a la cámara con esa expresión que no sé leer, y detrás de mí los árboles del paseo hacían sombra como siempre, como si el mundo siguiera su marcha con independencia de lo que le estuviera pasando a uno.
El mundo suele hacer eso.
Pero sobreviví. No sé muy bien cómo, o sí lo sé pero la historia médica de entonces es tan escasa que reconstruirla sería inventársela. Sé que estoy aquí escribiendo esto, y que la foto existe, y que en ella hay un niño que no sabe que su familia lo está mirando por si acaso.
A veces pienso en ese niño y en lo que no sabía. Y no siento lástima, exactamente. Siento algo más parecido a gratitud, aunque no tengo claro hacia quién.
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