Madrid 1973
Llegué a la estación después de 10 horas de trayecto. Por primera vez en mi vida, atrevesé aquella niebla de humo a causa de las miles de calderas de calefacción de carbón de baja calidad y un parque automovilístico en rápido crecimiento que carecía de controles de emisión y que había dejado las paredes enegrecidas por el ollin de los años 70. No fue la última, durante cada día del siguiente año, aquella estacion envuelta en un ”escalextric de carreteras”, sería mi enlace entre los suburbios del sur y la opulencia del centro, la calle Atocha, la puerta del Sol, la plaza Mayor, la puerta de Toledo y finalmente el instituto San Isidro de Madrid.
Durante el curso anterior, habia mantenido una estrecha relación epístolar con Mariví (Antequera-Madrid), ella tuvo la capacidad de ver en mi "potencial" donde los demás solo vieron un pueblerino que repartia bombonas y que estudiaba interno en un colegio privado de curas. Marivi era empática por naturaleza, gracias a esa forma suya de ser, consiguió que Zurita se marcara un objetivo , ayudar a sus hermanos más pequeños, y allí estaba aquella cálida noche de verano, en la calle Toledo, haciendo la cola con aquellos estudiantes que aspiraban como si se tratara del super fan del cantante #1 de rock español, dispuesto a pasar toda la noche, al mediodía siguiente Zurita lo había conseguido "COU J, turno vespertino".
Aquel pasaporte era el visado que me permitia salir del entorno paternalista, protector y de vistas cortas, también de represión de la época y cruzar la frontera del progreso, de las grandes avenidas repletas de comercios, ... Al día siguiente, mis anfitriones de "El relampagito" me llevaron a ver la primera obra de teatro "El tercer Reich", no entendí nada. Como en el pueblo también había cine, de reojo descubrí la existencia de las salas X. En mi nuevo ambiente unos días después fui espectador de mi primer recital de música folclórica hispanoamericana, analfabeto musical, el "ignorante pueblerino" se quedó mudo y lloró, si lloré, al oír aquella voz grave y contundente, y profunda de mujer que me hizo llorar y me hizo sentir la elegante, sobria y serena María Dolores Pradera. Descubrí que el público de la sala se puso en pie pidiendo "la carta" que lejos estaba de aquel salón de actos donde los aplausos homenajeaban a los mejores estudiantes del trimestre. Que distante quedaba las lecturas en voz alta mientras comíamos en silencio.
Aquel curso me
aportó nuevas experiencias, mi despertar a la politica, los
compañeros de piso, el compromiso, “El Relampagito” era el
nombre de aquella casa, y en ella se cruzaban dos mundos que el
franquismo se empeñaba en mantener separados: los estudiantes que
llegábamos de fuera —Zurita, Mariví— y los jóvenes obreros del
barrio —Edu, Espe—. La comunidad hacía allí su apostolado,
y al frente, sosteniendo aquel equilibrio imposible, Graciano y Luis
Pinilla: un sacerdote que marcó mi vida espiritual de aquel año, y
un militar de rango, crítico con su propio ejército, ambos
fundadores de una institución secular cuyo nombre exacto se me ha
perdido con los años. Entre ellos, Fernanda, que me enseñó el
secreto de la “tortilla de patatas”, guardando al mismo tiempo un
secreto más antiguo que no era del todo mío para contar: pero sobre
todo Fernanda encarnaba la clase obrera, con pocos estudios y gran
sabiduría, años después sigo recordando una frase que había
comentado y me había salvado la vida (la interior), me había dicho
algo parecido a que las palabras escritas podían ser de uno, no solo
de los libros, con esta frase entendí lo que era el personalismo
humanista.
Entonces los
teléfonos tenían del 0 al 9 para marcar a quien llamar, era de
obligado cumplimiento maternal acudir al locutorio cada semana y
solicitar conferencia con el pueblo, ajeno a la tecnológia, la
operadora descolgaba el auricular y pasaba la llamada al número
35.
Entonces los teléfonos tenían del 0 al 9 para marcar
a quien llamar, y llamar al pueblo era otra cosa, una liturgia
semanal de obligado cumplimiento materno. Había que acudir al
locutorio, pedir "conferencia de larga distancia", y
esperar. La operadora —ajena a toda tecnología que no fuera su
propia voz y una centralita de cables— descolgaba el auricular al
otro lado de España y hacía de puente hasta el número 35. En ese
hueco de espera, mientras la línea buscaba el pueblo entre
chasquidos, cabía toda la distancia que había recorrido en un solo
curso: la niebla de carbón de Madrid, el Relampagito, María Dolores
Pradera, y al otro lado esperando, la voz de mi madre reducida a un
número de dos cifras.
Volví al pueblo, no estaba preparado para la gran ciudad, el corazón latía, el sentimiento iba de un extremo a otro, en realidad no fue una vuelta, más bien fue una huida, también me enamoré aunque no llegó a buen puerto.
Y la vida siguió.
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