Raíces. El abuelo.
Raíces. El abuelo.
Empezó a trabajar de niño, cargando antes de tiempo con una responsabilidad que no era suya pero que asumió sin preguntar. Yuntero entre hombres curtidos, con una guerra civil ya lejana cosida a la memoria y una piedad aprendida de su madre que nunca abandonó del todo.


Junto a ella formó una familia numerosa y la convirtió en el centro de su vida. Tenía la chispa de quien siempre está emprendiendo algo, buscando un oficio nuevo, una salida, una iniciativa contra viento y marea. Le faltaba la constancia. Ella le tomaba el relevo, en silencio, como siempre.
Cada mañana me lo encuentro en el espejo. Y a veces, mirando el cuadro enmarcado con sus manos —esas manos que son el título y el argumento—, el cristal protector me devuelve también mi propio reflejo. Los dos en la misma imagen. Entrando entonces en otra dimensión: la del carácter. Cuántas veces he mantenido con la misma firmeza posiciones, ideas, pensamientos. Con posturas diferentes, sí. Pero desde el mismo lugar interior.
No son arrugas de una persona que se ha cuidado a sí misma. Son arrugas sufridas. Heridas de "no guerra" que nos unen en tiempos distintos, en situaciones personales que no se parecen y sin embargo se reconocen.
Hay conversaciones entre nosotros que no necesitan explicación. Un nexo que no sé nombrar pero que existe, y que a veces, cuando lo siento con toda claridad, la voz no encuentra un final.
Por empaparme la vista.
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