Refugiados de nuestra infancia
En la sobremesa con otra pareja amiga, mi esposa citó "Todos somos refugiados de nuestra infancia".
La conversación nos había llevado a los años que ellas estudiantes de los primeros cursos del bachillerato compartían pupitre en el instituto recién inaugurado.
Ambas nacieron en pequeños pueblos andaluces, emigrantes en los 60 y habían compartido "el silencio de la guerra" de familiares que vivieron en alguno de los dos bandos, de la guerra civil del 36 unos y otros no hablaban del tema.
Sin embargo la sobremesa, creo que ha ejercido de terapia curativa.
Memòria prestada
Recordaron sus propias y parecidas historias, recopiladas poco a poco en aquellas lejanas conversaciones, contadas en voz baja por las mayores de la família.
Tomo prestada sus Memòrias como si fuera un recuerdo/homenaje a mis suegros, a quienes no llegué a conocer.
Ángeles escribía las cartas a su hermano Manuel. Se sentaba a la mesa de la cocina, en el pueblo, y ponía en limpio lo que él le había hecho llegar de recuerdos, de encargos, de nada importante que estaba bien, que hacía frío, que preguntara por fulano. Su hermano no sabía escribir. Ella sí, y esa diferencia bastó para que su letra viajara donde la de él no podía.
Al otro lado, en el cuartel, un muchacho llamado Juan leía esas cartas en voz alta a su compañero de regimiento, el hermano de Ángeles, y después escribía la respuesta que el otro le dictaba. Juan tenía entonces veintitantos años cumplidos dos veces: los que le tocaban y los que le debía a la guerra. Había cruzado a Francia en el 39 con lo puesto, había vuelto, nadie sabe bien cómo, nadie preguntó nunca, alguna amnistía sin sangre que reclamar, y ahora, en vez de descansar, le tocaba hacer la mili otra vez, tres años, como si el Estado también quisiera cobrarse su ausencia. Leía y escribía las cartas de un hombre al que apenas conocía. Las suyas, las que hablaban de su propio silencio, no las escribió nadie.
Así se cruzaron Juan y Ángeles antes de conocerse: ella en la letra que él leía, él en la voz que ella nunca oyó. El hermano, en medio, sin saber que estaba entregando algo más que noticias de la mili.
Se casaron años después. Nunca hablaron de esa época, ni del campo en Francia, ni de la mili repetida, ni de las cartas que los cruzaron antes de saber el nombre del otro.
Lo que sé lo sé por ella, la hija, dicho de pasada, como quien no quiere que la frase pese.
Hay un camino en Portbou que baja hacia el mar homenaje a Walter Benjamin que murió en 1940 huyendo de los nazis. Hay otro en sentido contrario, entre los mismos olivos y el mismo viento, atravesando el puerto de Belitres, por donde un año antes, en 1939, vieron pasar a cientos de miles de civiles y soldados republicanos, tan solo con lo que pudieron cargar.
Ángeles, la hija, mi mujer lo caminó una vez, sin que nadie se lo pidiera. Sin la seguridad de saber si su padre lo había recorrido, o lo hizo por otro sendero y otro puerto.
No dijo nada mientras andaba. Yo la acompañé también sin mediar palabras. Quizá tampoco hacía falta.
El camino entre Portbou y Banyuls-sur-Mer es conocido hoy como "camino de la memoria".
La ironía resulta especialmente conmovedora. Muchos de los republicanos españoles que habían huido a Francia terminaron internados en campos de concentración o integrándose en la Resistencia francesa. Quiénes como Benjamin, recorrieron el camino en sentido inverso, las autoridades españolas les devolvian a Francia, lo que probablemente significaria caer en manos de los nazis.
La historia no es una línea recta de progreso, sino un conjunto de fragmentos y recuerdos que adquieren significado cuando se ponen en relación unos con otros.
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