A tía Josefina
Cuando
hoy el tío me ha dicho 88 años, he calculado tu año de nacimiento,
en plena guerra civil, mi memoria no me ha podido llevar hasta tus
recuerdos. Lógico yo vine al mundo cuando estabas a punto o cerca
de contraer vuestro matrimonio.
Tampoco tengo recuerdos
de tu boda. Aunque por un momento esta mala memoria me ha llevado a
otros recuerdos que uno construye sin querer, y me vi participando en
el combite que tal vez celebrasteis en los antiguos cines de
Bernardo, en la calle del Horno, al final. Yo tendría a lo sumo unos
pocos años. A esa edad los recuerdos son así: vivos por un lado,
borrosos por otro.
Lo que sí recuerdo con más nitidez fue la primera vez que
vinisteis a casa ya casados. Le traísteis a mi padre un regalo que
entonces era toda una novedad: un infiernillo de petróleo —un
hornillo portátil que funcionaba con ese combustible y que permitía
calentar cosas sin depender del fuego de leña—. Lo veo todavía:
esmaltado en negro con puntitos blancos, de ese esmalte cerámico que
tenían las cosas de antes, las que estaban hechas para durar. Pero
creo que mi memora vuelve a crear situaciones cogiendo de aquí y de
allà. Y así imaginar lo que no fue. Ahondando en ella he rescatado
que no fue infiernillo, el obsequio que introdujo la modernidad en
nuestra casa fué una olla exprés. La memoria, cuando llega de tan
lejos, a veces llega con las manos vacías. Aun así me gusta
escribir sobre estos recuerdos sin importancia que fueron vida, que
crean lazos, que unen trozos de tu vida con trozos de la
mia.
Solíais venir al pueblo en las vacaciones. El
punto de conexión con los Velasco y con los Martín, en muchas
ocasiones os veía subir las escaleras hacia el piso de los abuelo,
desde donde se veía el patio con el peral. Con el tiempo vuestras
visitas eran como un protocolo, un recorrido por cada uno de los
hermanos, que visitabais llenando la casa de alegría y cada vez de
un nuevo hijo o hija con el que Dios os había agraciado Laure,
Mari, Luis, Pilar y Maite.
La casa de don José Velasco tenía dos puertas, como las tenían todas las casas importantes del pueblo: la principal y la del servicio. Yo las conocí las dos, pero por motivos distintos y en momentos distintos de la vida.
La puerta de servicio daba a un largo pasillo que recorrí muchas veces. Aun siendo un niño, con el reparto de bombonas era una de esas tareas que te llevaban a los patios traseros, a las cocinas, a la parte de la casa que no estaba pensada para ser vista. También por juego: con Bernabé, el hijo de la ama de llaves, que era mi compañero de correrías, aunque siempre con la precaución de no hacer ruido, de no molestar al señorito. Así se decía entonces, y así se entendía: había una línea, invisible pero firme, que los niños aprendían a no cruzar.
Y luego estaba el patio. Un patio andaluz como manda la tradición: suelo de mármol blanco, celosías, vidrieras de colores que partían la luz de otra manera según la hora del día, y macetas por todas partes con ese frescor vegetal que en verano era casi un milagro. Uno de esos patios que enseñan, sin decirlo, que la belleza también puede ser cosa de todos los días.
Pero lo que de verdad nos dejaba con la boca abierta era el salón. Allí, dentro de un armario de madera de nogal —oscuro, serio, con esa presencia que tienen los muebles buenos—, estaba la televisión. Seguramente la primera que hubo en el pueblo. En aquellos años, una televisión no era solo un aparato: era un acontecimiento, una ventana a un mundo que la mayoría solo podía imaginar. Y don José Velasco la tenía dentro de un armario de nogal, como quien guarda algo que vale la pena guardar bien.
Cuando llegaba la Navidad, los niños entrábamos atraídos por aquel espectáculo. El Belén de verdad, de los que ya no se ven: grande, detallado, sin que faltara nada. Tenía luces —en unos años en que la luz eléctrica todavía era un privilegio— y tenía una noria que se movía sola y hacía circular el agua. Para nosotros, aquello era un milagro. Cuantas horas debías dedicar a hacer el montaje.
Años después volvimos a encontrarnos, cuando yo viví en Madrid y os visité de vez en cuando. Recuerdo vuestra casa como un lugar muy formal, muy ordenado, muy limpio. Una casa que decía mucho de quiénes erais.
Tu fe fue siempre el pilar sobre el que levantasteis todo. Sobre ese pilar construisteis una catedral llamada familia: capaz de reunir alrededor de la mesa a todos los hijos y nietos, cada uno con su particularidad, sin peros ni condiciones. En vuestro palacete abierto y la mesa siempre dispuesta también para la familia extendida, la que os une en vuestra convicción. Soy testigo en primera persona, aquel día en que acogisteis a la segunda “primada” de los Martín Gómez.
Mis memorias sin orden me han llevado hasta ti, en tu 88
aniversario.
Felicidades tía Josefina.
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