Abubilla
«La Abubilla su canto es uno de los más reconocibles con una insistencia casi juguetona, como quien tararea mientras trabaja sin darse cuenta. Lleva una corona o cresta de plumas anaranjadas con puntas negras que despliega como un abanico cuando quiere. Excava sus nidos con tenacidad, busca el alimento con el pico largo hundiéndolo en la tierra una y otra vez. Protege el nido con una ferocidad que sorprende en un ave tan colorida.»
La última en llegar fue la más difícil de ignorar. Y eso que algunos lo intentaron. Abubilla entró en cualquier espacio como entra la luz cuando alguien descorre una cortana que llevaba demasiado tiempo cerrada: sin pedir permiso, sin anunciarse, reorganizando sin proponérselo todo lo que había antes de que llegara. No es que buscara protagonismo. Es que su sola presencia generaba una especie de reordenamiento involuntario del ambiente. Las cosas, junto a ella, ocupaban lugares distintos a los que ocupaban sin ella.
Llevaba la cresta como quien ha nacido con corona y ha tenido toda la vida para acostumbrarse a ello. Desplegada cuando algo le parecía importante, que era con frecuencia. Recogida cuando consideraba que la situación no la merecía, que era menos frecuente de lo que ella habría reconocido. Ese abanico de plumas anaranjadas con las puntas oscuras era su vocabulario más honesto: lo que no decía con palabras lo decía con la cresta, y quien aprendiera a leerla tenía acceso a todo lo que pasaba dentro.
Con el tiempo aprendí a leerla bastante. Era alegre. De esa alegría que no depende del exterior, que no necesita que las circunstancias la justifiquen. Cantaba mientras trabajaba, no como adorno sino como parte del proceso, como si el canto y la tarea fueran la misma cosa expresada de dos maneras distintas. Había en ella una especie de ligereza fundamental que no era superficialidad eso lo entendí con el tiempo sino una decisión tomada muy adentro de no dejarse hundir por lo que pesa. Y pesaba, también a ella le pesaba, pero no lo aparentaba. Abubilla había aprendido el arte de llevar el peso sin que se note demasiado, que es un arte más difícil que el de mostrarlo y considerablemente más elegante.
Trabajaba con esa misma constancia que tenía Tejedor, pero con un estilo completamente opuesto. Donde Tejedor era silencio y método, Abubilla era movimiento y color. Hundía el pico en la tierra una y otra vez, con una precisión metódica que contrastaba con todo lo demás que era, y sacaba lo que necesitaba con esa eficiencia de quien sabe exactamente dónde buscar porque ha buscado muchas veces antes.
Construía su nido con una tenacidad que sorprendía. Y lo defendía con una ferocidad que sorprendía todavía más. Ahí estaba la otra cara. La que no anunciaba la cresta desplegada ni el canto festivo. Cuando algo o alguien amenazaba a los suyos, Abubilla se convertía en otra cosa, no dejaba de ser ella, eso era lo interesante: no se transformaba en nadie distinto. simplemente mostraba una dimensión que siempre había estado ahí, debajo de la alegría y el plumaje y la corona, esperando el momento en que hiciera falta.
Y en esos momentos, nadie que tuviera algo de criterio se interponía. Yo la observaba con esa mezcla de análisis y admiración que reservo para lo que genuinamente me interesa. Y lo que me interesaba de Abubilla, lo que no acababa de resolver del todo, era la pregunta de si la alegría y la ferocidad eran cosas distintas en ella o si eran, en el fondo, la misma cosa. Si esa ligereza con que se movía por el mundo era compatible con esa intensidad con que lo defendía cuando era necesario, o si eran dos Abubillas alternándose. Creo que no, creo que eran una sola, creo que quien ama lo suyo de verdad necesita las dos: la alegría para construirlo, la ferocidad para no perderlo. Y que Abubilla las llevaba integradas con una naturalidad que hacía que pareciera fácil, que es la marca de quien ha tardado tiempo en conseguirlo y ya no recuerda que le costó.
Además tenía historia, eso también la diferenciaba. No la historia que uno acumula viviendo, que esa la tenemos todos en distintas medidas. Sino la otra. La que viene de antes. Heredera de reyes en tierras antiguas. Símbolo de quien cuida a los suyos incluso cuando ya no están, con significado que la precede, con una dignidad que no necesita justificarse porque se justifica sola. Ella no lo sabía, o si lo sabía no lo decía, por que le venia heredada en sus credenciales. Simplemente era lo que era. Con la cresta y todo.
La última en llegar fue, quizás, quien cerró mejor el círculo. Zuria con su peso de mundo recorrido. La Golondrina con su compasión sin condición. Halcón con sus garras y sus valles. Búho con su silencio lleno. Perdiz con sus cicatrices cantadas. Mixto con sus dos naturalezas en una. Tejedor con sus nudos pacientes. Y Abubilla, al final, con esa corona que no pedía permiso y esa alegría que era también una forma de resistencia.
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