Perdiz
«El reclamo de perdiz es una de las modalidades más tradicionales y técnicas de la caza menor en España. Se basa en el uso de un macho enjaulado que, mediante su canto, atrae a otros ejemplares durante la época de celo»
El más pequeño llegó cuando ya no esperábamos más , como llegan algunas cosas importantes: sin anuncio, casi de refilón, cuando la atención de todos puesta en otro sitio. Quizás por eso aprendió desde el principio a no contar con que nadie estuviera mirando ni esperar que el camino se despejara, encontraba el refugio donde hubiera uno disponible, aunque no fuera el que habría elegido.
Fue el ojito derecho de nuestro padre, para el que los pájaros perdices tiene su propia jaula, la elegancia sin pretensión de quien no necesita adornarse. Yo lo veía como el pájaro perdiz, por cómo construye su espacio, por cómo canta reclamando y por cómo lleva las cicatrices de la vida.
Su vida fue fácil al principio y él disfrutó que así fuera, pero la vida le cambió con el tiempo y le hizo crearse su forma de ser. Su carácter se hizo al pisar los terrenos duros, los hizo suyos, suelos donde otros no habrían encontrado nada y él encontraba el modo. No con la fuerza de Halcón, que caza en el horizonte. No con la sabiduría de Búho, que lee lo invisible. Con otra cosa más antigua y más humilde: la persistencia del que sabe que no tiene más opción que continuar, y que ha convertido esa necesidad en virtud. Cayó más de una vez, pero no lo decía. Nunca lo decía, que las perdices no llevan sus golpes en el pico sino en el cuerpo, en esa manera de moverse que tiene quien ha aprendido a esquivar porque ha tenido que aprender a esquivar. Con el tiempo aprendí a ver en él lo que otros veía en mí: la capa de debajo, el pliegue donde estaban guardadas las cosas que no se muestran.
Buscó su lugar durante mucho tiempo. No un lugar grande, ni un territorio que conquistar ni un horizonte que dominar, busco un hogar, esa palabra pequeña que los que siempre lo han tenido no saben lo que pesa. Un sitio donde ser que no es lo mismo que estar. Paredes que protejan, no paredes que encarcelen, ni propiedad de otros. Un nido que no dependa del permiso de nadie.
Lo consiguió. A su manera, con sus tiempos, pagando el precio que había que pagar. Y cuando lo consiguió, lo defendió con una intensidad que a veces sorprendía a los que no sabían lo que le había costado llegar hasta él. Los que nunca han tenido que construir el mismo nido varias veces no entienden por qué alguien lo protege como si fuera lo último.
También estaban los hijos, que volaron a otros nidos. Esto es lo que más me hacía pensar en él, en su silencio, en esas horas en que uno da vueltas a las cosas sin que nadie lo sepa. Con generosidad también crió a los que no eran suyos. No por error ni por confusión ni por obligación: por esa lógica del corazón que no siempre coincide con la lógica de la sangre. Estaban en su nido. Tenían hambre. Necesitaban calor y presencia y el gesto repetido, cotidiano, silencioso de quien vuelve. Y él se lo dio como en su propia experiencia que él también la recibió. No depende de llevar la misma sangre, depende de la constancia, del que aparece cuando hace frío, del que enseña sin que le pregunten, del que protege no porque sea obligatorio sino porque no concibe otra manera de estar cerca de algo pequeño y vulnerable.
Yo le miraba y pensaba cosas que no le decía. Pensaba que su vida había sido más dura que la mía, y que eso le había dado una clase de conocimiento que no se enseña y no se transmite por empatía familiar, como el de Zuria. Un conocimiento que viene de haber estado en el suelo y haber decidido, desde allí, levantarse. No por orgullo ni por ambición. Por algo más básico y más difícil: porque el nido lo necesitaba.
También pensaba, y esto me costaba más, que había en su manera de vivir una dignidad que yo no siempre sabía reconocer a tiempo. Yo buscaba la grandeza en los gestos visibles, en las ideas que transforman, en la capacidad de ver más lejos y más claro que los demás. El más peqeño de los nueve era grande en lo invisible, en lo que no se cuenta porque no tiene forma de contarse bien. En lo cotidiano, que es donde más cuesta ser grande.
Vivía cerca de las personas sin pertenecer del todo a ningún sitio, eso también era él. Esa condición de ser demasiado común para que lo estudien, demasiado presente para que lo vean, demasiado cercano para que lo admiren. Y sin embargo ahí, siempre ahí, construyendo y reconstruyendo y cantando después de cada invierno como si el canto fuera también una forma de decir seguimos.
Pensé muchas veces, era el más honesto de todos los que había en nuestra pequeña tribu.
No el más brillante. No el más poderoso. No el más sabio. El más honesto.
Y hay momentos pocos, pero los hay en que uno se pregunta en silencio si eso no vale más que todo lo demás.
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