AURA
El precio de escuchar
La chica que me atendió en la clínica era demasiado joven para
saber lo que es quedarse sin algo poco a poco. Lo perdía todo
despacio, eso era lo mío. No de golpe. Despacio. Como cuando se va
la luz en un pueblo y no sabes exactamente en qué momento dejó de
haber tarde y empezó la noche.
Me puso delante tres cajas sobre la mesa. Tres opciones. Me explicó las diferencias con una sonrisa de las que vienen incluidas en el sueldo.
El primero, el más barato, era discreto hasta desaparecer. Pequeño, color carne, sin complicaciones. -Este modelo -dijo- está pensado para personas que llevan una vida más tranquila. Más casera. Con poco ruido exterior.
Lo miré. Lo cogí con dos dedos. Era liviano como nada.
Y supe inmediatamente que ese aparato no era para mí.
No es que me sobrara el dinero, que no me sobraba. Pero aquel cacharro tenía cara de cosa de viejo. De viejo de los de verdad, de los que ya no salen, de los que ven la tele con la persiana a medio bajar y esperan que alguien les llame. Yo no era eso. O al menos no quería ser eso todavía. Que uno tenga sus años no significa que ya esté guardado en el armario esperando que lo doblen.
-Este no - dije, y lo dejé sobre la mesa con más firmeza de la necesaria.
La chica no se inmutó. Supongo que lo había visto antes.
El segundo modelo tenía más historia. Conectividad, dijo ella, con una palabra que yo había visto escrita pero nunca había usado en voz alta. Bluetooth. Algo de capas de sonido -eso lo entendí mejor, como si el aparato pudiera decidir qué se escucha delante y qué se queda atrás, como cuando bajas el volumen de la tele para oír al que llama a la puerta pero sin apagarla del todo.
Pero fue el tercero el que me enganchó.
El tercero tenía inteligencia artificial. Eso lo leí yo antes de ir, buscándolo en el móvil la noche anterior con las gafas puestas y la pantalla al máximo de brillo. Inteligencia artificial. Dos palabras que sonaban a película pero que el audiólogo me explicó de otra manera: -Se adapta a usted. Aprende cómo escucha, dónde vive, qué ruidos le molestan. Con el tiempo, es como si le conociera.
Como si le conociera.
Eso sí me llegó.
Firmé lo que había que firmar sin mirar mucho los números. Algunos gastos no son gastos: son decisiones sobre quién quieres seguir siendo.
La mañana en que me colocaron el dispositivo por primera vez, nadie me advirtió que el mundo haría tanto ruido.
El técnico -un hombre joven con manos de cirujano y voz de algoritmo- lo llamó AURA. Interfaz Auditiva de Respuesta Unificada y Adaptativa. Yo lo llamé, durante las primeras horas, el monstruo.
Un chasquido suave detrás de la oreja derecha. Una vibración casi imperceptible, como si algo vivo acabara de posarse en mí. Y entonces... el mundo.
Los pájaros llegaron primero. Pero no eran los pájaros que yo recordaba -esa textura lejana, amable, casi imaginada que había conocido durante décadas. Estos pájaros eran metálicos. Filosos. Sonaban como si alguien hubiera grabado su canto en una lata y lo hubiera reproducido demasiado cerca, demasiado nítido. Un mirlo en la rama del jardín me pareció una pequeña máquina enojada.
Luego los coches. Dios mío, los coches.
No era el motor -eso lo esperaba. Era lo otro: la fricción de los neumáticos sobre el asfalto, ese susurro grave y continuo que hasta entonces había vivido en algún lugar por debajo de mi percepción, como un río subterráneo. Ahora era un rugido sordo, omnipresente, una especie de respiración mecánica de la ciudad entera. El mundo rodaba. El mundo siempre había estado rodando, y yo no lo sabía.
Aquella primera semana fui, sin duda, el hombre más irritable de la ciudad.
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