La Adaptación
El aparato aprendía. Eso me lo habían dicho, y yo lo entendí más o menos, pero una cosa es entenderlo y otra es notarlo.
A las tres semanas, los pájaros ya no sonaban a hojalata. No sé cómo lo hizo. Nadie tocó nada, nadie me llamó, nadie me preguntó. Solo ocurrió. Como cuando te acostumbras a una cama nueva y un día te das cuenta de que ya no te acuerdas de la otra.
Lo que sí noté, y eso me lo explicó el audiólogo en la segunda visita, es que el aparato empezaba a separar los sonidos por capas. Esa palabra, capas, la usó él y me quedé con ella porque la entendí enseguida: como la cebolla, le dije yo, y él se rió y dijo que sí, algo así. Lo que está cerca, lo de en medio, lo de lejos. El aparato decidía solo qué necesitaba yo escuchar en cada momento, como un asistente muy callado que trabaja sin que le des las gracias.
Empecé a caminar más despacio. Con la cabeza un poco ladeada.
Me estaba convirtiendo en otra clase de persona. No sé si mejor o peor. Diferente, seguro.
AURA expericiancía con el audifono
La historia continúa → El extraño
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