Cruzar la línea
La primera vez que sucedió lo otro fue sin querer.
Esperaba el autobús. Un hombre de mediana edad, traje gris, auriculares blancos, hablaba por teléfono a tres metros de mí con esa desinhibición característica de quien cree que la calle es su oficina privada.
Y entonces AURA... se coló.
No en su conversación. En algo más extraño: en el otro lado. En la voz que llegaba a través de su teléfono. Una voz de mujer, distante, comprimida en datos, que decía: -...no te preocupes, nadie lo sabe todavía...
Duró apenas dos segundos. El autobús llegó. El hombre se alejó. Yo me quedé con ese fragmento flotando, sin contexto, sin principio ni final, como una frase arrancada de una novela que nunca leeré.
Esa noche, en la oscuridad de mi habitación, le pregunté al dispositivo -sabiendo que era absurdo, sabiendo que era solo un aparato- si había sido un error.
AURA no respondió.
Pero a la mañana siguiente, cuando salí a la calle, noté que algo en su funcionamiento había cambiado sutilmente.
Como si hubiera aprendido algo nuevo. Como si yo le hubiera enseñado algo nuevo.
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