La Conversación que no era mía
No sé cómo empezó exactamente. Esas cosas no avisan.
Era una mañana de entre semana, de las de no hacer nada especial. Estaba sentado en el banco de siempre, el del parque pequeño que hay antes de llegar al mercado, con el sol dándome en la cara y los ojos entrecerrados. Una de esas mañanas que parecen un paréntesis.
Y entonces AURA hizo algo que no había hecho antes.
No fue gradual, como otras veces. Fue directo. Como si el aparato hubiera decidido que ya era hora de enseñarme algo.
Las palabras llegaron en ráfagas. Fragmentos de una conversación que alguien estaba teniendo en su móvil, cerca, no sé cuánto. Un WhatsApp, deduje por el ritmo -ese silencio entre mensaje y mensaje, esa forma entrecortada de hablar que tiene la gente cuando escribe y espera, escribe y espera.
Al principio no entendí que era lo que estaba oyendo. Luego lo entendí demasiado bien.
Eran dos, quizás tres voces distintas -las notaba diferentes aunque fueran texto, no sé explicarlo, como si cada una tuviera su propio color. Y lo que decían era feo. Feo de verdad. Se reían de alguien. No una broma suelta, no una tontería de mal gusto. Era una cosa organizada, con plan, con días y nombres y detalles. Se reían de alguien que claramente no sabía que se estaban riendo de él. O de ella. Hablaban de cómo iban a continuar. Cómo iban a presionarle para que pagara algo que no debía, con qué foto le iban a amenazar, qué le iban a decir para hundirle un poco más.
Aparté la mirada del sol. Me puse derecho en el banco.
Me quedé escuchando y odiándome por escuchar.
Cuando llegué a casa no sabía qué hacer con lo que llevaba dentro.
Era un peso raro. No el peso de haber hecho algo malo -yo no había hecho nada, ni pedido ni buscado ni provocado. AURA había entrado sola, o había entrado yo sin saberlo, eso tampoco lo tenía claro. Pero la pregunta que me daba vueltas no era esa. La pregunta era otra: ¿y ahora qué?
Intenté razonarlo como si le explicara la situación a alguien.
Aquellos que hablaban, ¿tenían mala conciencia? No. Ni un gramo. Se reían. Planeaban. Disfrutaban. El problema de conciencia no era mío. El problema de conciencia tendría que ser de ellos, y no lo era. Entonces, ¿por qué era yo el que estaba sentado en casa con el estómago revuelto?
Eso no era justo. Eso no tenía ningún sentido.
Me fui a la cama pensando en aquella persona -sin cara, sin nombre, solo una sombra al otro lado de una pantalla- que no sabía lo que se estaba cociendo contra ella. Y me dormí tarde.
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