El guarriato que se creyó Águila
«Gurriato/a: Es el término específico para referirse a los polluelos de gorriones. Cuando el gurriato ya tiene plumas y empieza a abandonar el nido para practicar el vuelo, se le conoce comúnmente como volantón.»
Nací un martes, o eso me pareció, no sabía qué era un martes, claro, ni me importaba demasiado. Lo que supe desde el primer instante con esa certeza que no necesita palabras ni experiencia previa fue que el mundo era cálido, que olía a algo viejo y bueno, y que yo estaba en el centro exacto de él.
Me rodeaban cosas, cálidas, pequeñas como yo, se movían a mi alrededor y empujaban sin ningún criterio ni elegancia. Eran mis hermanos, comprendería después. En esos momentos simplemente eran ellos, esa masa amorfa y sin distinción que competían conmigo ocupando espacio y atención, sin respetar a alguien de mis cualidades. Mis padres eran otra cosa.
Él llegaba y se iba con una energía que yo admiraba, aunque todavía no tenía vocabulario para llamarla así. Traía cosas, aparecía, desaparecía, volvía. Era como una máquina de voluntad y propósito. Ella era el calor mismo hecho presencia: cuando se posaba sobre mi, me rodeaba y el universo entero bajaba la temperatura exterior y me obsequiaba con todo su interior. Nunca he vuelto a sentir algo así de absoluto, y conste que he vivido larga y ancho en este mundo.
Pero incluso en esos primeros días con los ojos aún cerrados a ratos, con el cuello apenas capaz de sostener el peso enorme y ridículo de mi propia cabeza yo notaba algo, notaba que yo era distinto.
No era soberbia, era observación. La misma capacidad de observación que, estaba seguro, me distinguiría siempre. Con el tiempo vinieron más hermanos, aunque nadie les llamó, al menos yo no lo hice. Mis hermanos abrían la boca cuando llegaba comida y comían. Yo también abría la boca, naturalmente, no soy tonto, pero lo hacía con conciencia, con gratitud selectiva, casi filosófica, ellos simplemente tragaban, yo en cambio, sentía que participaba en algo más grande que el mero acto de engullir.
Uno de mis hermanos, siempre empujaba, con ese codo huesudo metiéndose donde no lo llamaban, era el más ruidoso, hablaba por cualquier cosa, a todo respondía. Reclamaba con una urgencia desesperada. La otra era silenciosa pero no paraba, con esa manera de hacer de quien no sabe que es. Y luego estaba yo, equilibrado, atento, con algo en el lado izquierdo del pecho que palpitaba de una manera que no podía ser corriente. Algo que empujaba hacia afuera, hacia ese lugar luminoso y enorme que intuía más allá del borde de nuestro pequeño mundo.
Esa luz me llamaba, no como llamaba a mis hermanos, a mí me llamaba como se llama a alguien que ya se esperaba, que ya era conocido, que ya tenía un lugar reservado.
Un día, el cuarto, creo (o el quinto) nació, asomó la cabeza por primera vez y vi que el mundo real era enorme, más de lo que yo había calculado, y eso que yo había calculado bastante, dadas las circunstancias, mis hermanos, cuando nacían, eran minúsculos y enseguida lloraban
Yo me quedé pensando y comprendí que ahí estaba todo, el territorio completo, sin dueño todavía, o con dueños provisionales que no sabían lo que les esperaba. Sentí, por primera vez pero no por última, que el mundo era pequeño para mí, lejos de ser un problema, era simplemente el punto de partida.
Esta historia continua con 9 capitulos más, que se publicarán cada martes
Sé el primero en dejar un comentario.
Solo los suscriptores pueden dejar comentarios.
Suscribirme para comentarEn la sobremesa con otra pareja amiga, mi esposa citó "Todos somos refugiados de nuestra infancia".La conversación nos h...
«El halcón es una ave rapaz conocida por ser el animal más rápido del mundo, Se caracterizan por sus alas finas y puntia...
Raíces. El abuelo.Empezó a trabajar de niño, cargando antes de tiempo con una responsabi...