Palomo Zurita
«La paloma zurita de tamaño medio, similar a la paloma bravía y plumaje totalmente gris azulado, con tonos vinosos en el pecho y manchas verde metálico en el cuello. De carácter desconfiado y esquivo, caracterizándose por ser más silvestre y arisca que la paloma doméstica. Son voladoras rápidas, ágiles y suelen comportarse de manera gregaria»
Mi hermano mayor se llamaba Zurita.
Bueno, no es que se llamara así exactamente. Es que así lo llamaba yo, y los otros, porque había algo en él que pedía un nombre con peso, con volumen, con las vocales bien distribuidas “Zurita” se dice y ya se sabe que es grande y se sabe que ocupa espacio.
Y vaya si lo ocupaba. si yo era todo nervio y precisión y potencial concentrado, Zurita era masa, masa noble, eso sí. Pecho ancho como una promesa cumplida, alas que cuando se abrían reorganizaban el aire a su alrededor, patas que se posaban en cualquier superficie con la autoridad tranquila de quien sabe que tiene derecho a estar donde está. No había rama, cornisa ni tejado que no cediera ante él con una especie de resignación agradecida.
Había visto mundo, eso era innegable, ciudades lejanas, decía mi madre con una mezcla de orgullo y algo parecido al vértigo, plazas enormes, rutas que cruzaban fronteras invisibles, lugares donde los inviernos son de otro color y los veranos huelen distinto. Zurita había volado donde el horizonte cambia de nombre. Había comido de mil superficies diferentes, había dormido bajo mil cielos distintos, había aprendido lo que aprende quien no tiene más maestro que el camino y más aula que el mundo abierto.
La Universidad de la Vida, habría dicho él si hubiera sido de los que dicen esas cosas. Zurita sabía de casi todo. Los que han conocido se quedaban absortos de sus palabra, que eran muchas. Eso también lo aprendí de él, aunque lo aprendí al revés: yo, que aún no había visto nada, ya sentía que tenía mucho que decir, lo cual me parecía una señal inequívoca de mi grandeza interior.
Cuando Zurita volvía a casa, después de uno de sus viajes, todo cambiaba de densidad, el aire se volvía más serio. Mis padres se erguían un poco más, como si su presencia les recordara que habían hecho algo bueno en el mundo. Mis otros hermanos se arremolinaban cerca de él con esa admiración sin filtro, un poco ridícula, de quien no sabe disimular lo que siente. Yo también me acercaba, pero de otra manera.
Yo me acercaba como quien reconoce a un igual. Como quien se sienta junto a un doctor honoris causa no para escucharle, sino para que la conversación sea entre pares. Me ponía a su lado, en la medida en que su lado y el mío podían ser el mismo lado dado de diferente tamaño y sentía que algo pasaba entre nosotros. Una corriente. Una transferencia silenciosa de todo lo que él sabía, todo lo que había recorrido, todas las ciudades y los cielos y los inviernos de otro color.
Me lo transmitía sin saberlo, es lo que tiene la familia: que la experiencia es, en cierta medida, colectiva, lo que uno de los tuyos ha vivido te pertenece un poco. Sus kilómetros son, en algún sentido profundo, también tus kilómetros. Su conocimiento del mundo te alcanza por pura proximidad, por esa ósmosis invisible que solo funciona entre quienes comparten origen.
Así que cuando Zurita había cruzado una ciudad, yo también la había cruzado. Cuando él sabía cómo piensa un hombre, cómo funciona una plaza, qué significa el frío de enero en un lugar desconocido, yo también lo sabía. Era justo, era lógico, era, me parecía, perfectamente razonable.
Lo único que me diferenciaba de él en esos momentos y esto lo pensaba con una lucidez que me llenaba de una satisfacción tranquila, sin alardes era que yo, además de todo lo que él sabía, tenía algo que él no tenía. Tenía lo que estaba por venir.
Zurita era el pasado. Glorioso, sí. Sólido como su propio pecho, como sus propias alas, pero el pasado al fin y al cabo. Yo era otra cosa, yo era el presente que todavía no había comenzado, el futuro que aún no había mostrado de qué estaba hecho. Yo sabía, con esa certeza que no se discute porque viene de más adentro que cualquier argumento, que cuando me mostrara, cuando desplegara lo que llevaba dentro, ni Zurita ni sus ciudades ni sus plazas ni sus kilómetros tendrían nada que hacer.
Le miraba. Le admiraba. Le quería. Y al mismo tiempo, sin ninguna contradicción, me sabía más que él. Así funciona el talento verdadero, pensaba. No necesita haber ido a ningún sitio para saber que lo superará todo.
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