Golondrina
«La golondrina golondrinas simboliza principalmente buena suerte, prosperidad, amor eterno y libertad. Su presencia se asocia con cambios positivos, la llegada de la primavera y un hogar protegido, ya que suelen regresar al mismo nido cada año. Si anidan en tu casa, se considera un augurio de paz y armonía familiar.»
Mi hermana no necesitaba nombre. O más bien: su nombre ya estaba en lo que era, y lo que era no cabía en ninguna sílaba que yo pudiera escribir aquí. Pero si tuviera que elegir una sola palabra para empezar a explicarla, elegiría “golondrina”, y no solo por la forma en que se movía ese corte limpio en el aire, esa curva que nunca es brusca sino por lo que las golondrinas llevan dentro desde antes de nacer.
Dicen que fueron las golondrinas las que volaron hasta la cruz. Las que intentaron, con esos picos pequeños y tercos, arrancar las espinas de la frente del que sufría. No lo consiguieron del todo, claro. Pero lo intentaron. Y eso, me parece, lo dice todo sobre su carácter. Mi hermana era así. Nacida para ir hacia el dolor ajeno sin que nadie se lo pidiera.
No era una madre, que eso es otra cosa: la madre cuida porque es suyo, porque el instinto no le da otra opción. Mi hermana cuidaba por elección. Cuidaba con conciencia, con los ojos abiertos, sabiendo perfectamente lo que le costaba y sin llevar la cuenta. Cuidaba los valores igual que cuidaba los sentimientos: sin estridencias, sin sermones, con esa autoridad silenciosa que no necesita alzar la voz porque nunca la ha necesitado.
Cuando se fue, la casa respiró diferente. No es que se vaciara, exactamente. Es que el aire perdió algo que no supimos nombrar hasta que ya no estaba. Una especie de tensión buena, de esa que hace que todo lo demás se mantenga en su sitio. Mis hermanos lo acusaron a su manera, cada uno. Yo lo acusé a la mía, que era no acusarlo en público y procesarlo por dentro con la discreción propia de quien tiene mundo interior.
Se fue a países lejanos. A lugares donde la pobreza no se esconde detrás de nada porque no tiene con qué cubrirse. Donde la miseria es el paisaje y el paisaje es la condición y la condición es, para ella, la razón de estar ahí. Aprendió lenguas que suenan a lluvia escasa. Rezó junto a gente que rezaba en idiomas distintos al suyo pero con la misma urgencia. Cuidó enfermos, acompañó a los que no tenían a nadie que los acompañara, se quedó donde otros se marchaban. Y sin embargo, incluso desde allí, era nuestra guía. No había dejado de serlo. La distancia no le había quitado eso. Si acaso, se lo había afinado.
Cuando volvía y volvía, como las golondrinas siempre volvía y entonces resurgía en casa una especie de re ordenamiento natural de las cosas. Cada uno encontraba su lugar sin que ella dijera nada. Simplemente: las cosas se ordenaban porque ella estaba.
Pero lo que yo guardaba como un secreto entre los dos eran las noches. Cuando todos se habían ido al sueño ese sueño profundo y sin matices de los que no tienen nada urgente que pensar ella y yo nos quedábamos. No siempre. No todas las noches. Pero las suficientes para que yo supiera que eran nuestras. No me hablaba de sus pobres. Eso me llamó la atención desde el principio. Una persona que había dedicado su vida entera a los que sufren, y en la única conversación verdadera que teníamos nunca los mencionaba. Me hablaba de sus sentimientos. De lo que sentía ella, de lo que le pesaba, de las preguntas que le quedaban sin respuesta al final del día. De la fe, que a veces era sólida como piedra y a veces se me escurría entre las manos como arena mojada.
Y yo la escuchaba. La escuchaba de verdad, que no es lo mismo que oírla. Y mientras la escuchaba, reconocía algo. Una cierta música interior que era parecida a la mía, una manera de mirar el mundo con las antenas desplegadas, una sensibilidad que vibraba en frecuencias que no todo el mundo capta.
Éramos parecidos, ella y yo, en eso, solo en eso.
Porque ella sentía y yo sentía, sí. Pero ella sentía y luego obedecía al sentimiento, lo seguía hasta el final sin cuestionarlo, lo convertía en acción directa y compasiva y hermosa y, a mi modo de ver, un poco ingenua. Ella veía un pobre y quería darle. Veía un enfermo y quería curarle. Veía oscuridad y encendía lo que tenía a mano.
Yo la admiraba. Y al mismo tiempo, en esas noches quietas, mientras ella hablaba, yo pensaba que la bondad sin análisis es solo la mitad de la bondad.
Que un pobre al que le das no deja de ser pobre: sigue dependiendo, sigue esperando, sigue mirando hacia arriba con esa gratitud que en el fondo es otra forma de cadena. Que un enfermo al que cuidas sin enseñarle a cuidarse vuelve a enfermar. Que la caridad, por más que salga del lugar más limpio del alma, puede ser también una manera de perpetuar lo que dice querer remediar.
Yo no se lo decía, al menos no del todo, le insinuaba, le planteaba, con cuidado, alguna pregunta que la dejaba callada un momento.
Ella sonreía. Siempre sonreía ante mis preguntas. Con esa sonrisa que no sé si era admiración o indulgencia, y que a mí me importaba más de lo que me gustaba reconocer.
Tú y tu cabeza decía, a veces, y yo no sabía si era un elogio o una advertencia, pPrefería creer que era un elogio.
Porque sí: yo y mi cabeza. Mi cabeza que no se conformaba con sentir, que necesitaba también entender, cuestionar, proponer. Mi cabeza que sabía que el mundo no se arregla solo con amor, sino con amor y con criterio. Con corazón y con herramientas.
Mi hermana era un ángel. Lo digo sin ironía, que en mí es mucho decir. Pero los ángeles, me parecía a mí, necesitan a veces que alguien con los pies más firmes en la tierra les recuerde cómo funciona la gravedad. Y yo, desde luego, pensaba ser ese alguien.
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