El que Sabe
La segunda vez salí a buscarla.
Eso es lo que me diferencia de la primera. La primera vez me pasó. Esta vez fui yo.
Y eso, ahora que lo pienso, cambia mucho las cosas. Aunque en ese momento no me lo pareciera.
Era un jueves por la mañana, de los de mercadillo y gente despacio. Me puse el aparato con más cuidado que de costumbre, como el que se ajusta la corbata antes de algo importante. Me miré en el espejo del baño —cosa que no suelo hacer, que ya uno sabe lo que hay— y me quedé un momento así, mirándome, con AURA detrás de la oreja derecha casi invisible, casi nada.
Vamos a ver qué hay hoy, me dije.
Y salí.
Hay una sensación que no tiene nombre exacto, o al menos yo no lo sé, que es la de ir por la calle sabiendo algo que los demás no saben. No es soberbia, que yo nunca he sido de esos. Es otra cosa. Más tranquila. Como llevar las cartas buenas en la mano y no tener prisa por enseñarlas.
Yo era el del audífono. El señor mayor del banco del parque. El que pasa entre la gente y la gente no aparta los ojos del móvil para verle pasar. Transparente. De toda la vida, transparente.
Pero ahora la transparencia era mía. La usaba yo.
Me senté en la terraza del bar de la esquina, pedí un café, puse las manos encima de la mesa como el que no tiene ninguna prisa, y dejé que AURA hiciera su trabajo.
El aparato tardó menos que otras veces. Como si también él hubiera aprendido lo que veníamos a hacer.
Llegaron voces. Fragmentos. El ruido de fondo del jueves se fue poniendo en capas —eso ya lo conocía, ya no me asustaba— y entre las capas apareció una conversación.
Dos personas. Tono tenso desde el principio, de esos en que las palabras son normales pero por debajo corre algo que no lo es. Como un río con la superficie quieta y por dentro una corriente que te arrastraría si te metes.
Escuché con calma. Con distancia profesional, casi me dieron ganas de reírme de mí mismo al pensarlo, distancia profesional, yo, que nunca he sido profesional de nada.
El esquema lo reconocí enseguida. Presión. Una deuda que la otra persona no recordaba bien. Fechas que no cuadraban. Una urgencia que se repetía demasiado, de esa urgencia fabricada que usan los que saben que si te dan tiempo para pensar, piensas. Conocía el patrón. Ya lo había visto una vez y el patrón no cambia mucho, como los cuentos, que siempre tienen el mismo esquema aunque cambien los nombres.
Me terminé el café despacio.
Estos los conozco, pensé. Y noté algo parecido al orgullo, una cosa caliente en el pecho. Sé exactamente lo que sois.
AURA vibró suave. La pregunta de siempre.
¿Entramos?
Y fue justo entonces, justo en ese momento de seguridad, en ese instante en que yo ya me veía escribiendo el mensaje, eligiendo las palabras, dando la vuelta a la situación como quien da la vuelta a un calcetín, fue justo entonces cuando oí algo que me heló.
Una palabra. Un nombre. Un nombre que no debería estar ahí.
Me quedé quieto. Con la taza vacía en la mano. El ruido del sábado siguió siendo el mismo ruido de siempre pero yo había salido de él, estaba en otro sitio, en un lugar sin sonido donde solo existía ese nombre repitiéndose.
Lo volví a escuchar. No me había equivocado. Conocía esa voz.
No la de quien presionaba —esa era nueva, sin cara todavía. La otra. La del que estaba al otro lado, el que recibía la presión, el que contestaba con esa manera de hablar que tienen las personas cuando intentan quedar bien y ya no saben cómo.
Esa voz la conocía de siempre. De toda la vida. De domingos y de navidades y de conversaciones que no se terminan nunca y de silencios que tampoco.
Era alguien de los míos.
Dejé la taza sobre el platillo muy despacio, como si un movimiento brusco pudiera romper algo. El camarero pasó por al lado y no lo vi. Un coche pitó en la calle y no lo oí.
AURA seguía ahí. Esperando.
¿Entramos?
Pero yo ya no era el mismo que hacía tres minutos. El que hacía tres minutos llevaba las cartas buenas y tenía toda la tarde por delante. Este, el de ahora, tenía las manos quietas sobre la mesa y un peso en el estómago que no era de esta mañana, que era de mucho antes, de siempre, de toda esa larga costumbre de no llegar a tiempo a las cosas.
¿Entrar? ¿Y decir qué? ¿Y desde dónde? ¿Desde fuera, como la vez anterior, como el desconocido que avisa? ¿O desde dentro, con todo lo que yo sabía, con todo lo que AURA sabía, metiéndome en algo que de repente ya no era de extraños?
No hice nada. Por primera vez desde que todo esto empezó, no hice nada.
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