La Pregunta que no me quería hacer
Volví a casa sin el café que había pedido para llevar. Lo dejé en el mostrador y ni me acordé hasta que estaba en la escalera. Me senté en la silla de la ventana. La de siempre.
Y por primera vez desde que tenía el aparato, me lo quité.
Lo puse sobre la mesa, delante de mí, y lo miré como si fuera la primera vez que lo veía, pequeño, color carne. Casi nada.
Y empecé a pensar en cosas que llevaba semanas sin querer pensar: ¿Cuánto de todo esto era real?
La pregunta me dio vergüenza al principio. Luego me dio miedo. Luego se quedó quieta, en medio de la mesa igual que el aparato, esperando que yo la mirara de frente.
Porque las cosas, vistas desde fuera —desde fuera de mí, quiero decir, como si yo fuera otra persona mirándome— no cuadraban del todo. Un aparato auditivo que entra en conversaciones ajenas. Que intercepta WhatsApps. Que me hace llegar voces de personas a veinte metros, a cincuenta, a quién sabe cuánto. Que aprende. Que pregunta. Que decide. Que me propone intervenir en la vida de otros como si eso fuera normal, como si eso fuera mío.
¿Cuánto de eso era el aparato y cuánto era yo?
Ahí estaba la pregunta de verdad, pregunta fea y respuesta sin resolver.
Intenté recordar qué me habían explicado en la clínica. La chica joven, el folleto azul, las palabras técnicas. Inteligencia artificial, perfil auditivo personalizado, adaptación al entorno. Todo eso lo recordaba. Pero nadie me habló de interceptar conversaciones. Nadie me habló de entrar en teléfonos ajenos. Nadie me habló de mensajes que aparecen en hilos de WhatsApp como llegados de ninguna parte.
Busqué en internet esa noche, como hacía siempre, con las gafas y la paciencia. Busqué el modelo exacto, el nombre que venía en la caja. Leí lo que pude. Leí lo que entendí.
No encontré nada de todo eso.
Nada de capas de sonido intervenidas. Nada de acceso a conversaciones cifradas. Nada de mensajes enviados desde el dispositivo.
Cerré el móvil.
Me quedé en la oscuridad del salón un buen rato.
¿Y si AURA no era lo que yo creía que era? ¿Y si era yo el que había creído lo que necesitaba creer? ¿Y si todo ese poder, todo ese Súper Phono, toda esa sensación de llevar las cartas buenas en la mano, era solo yo, construyéndome una historia porque la historia que tenía antes no me bastaba?
¿Y si era el aparato el que me manejaba a mí, y no al revés?
¿Y si no había ningún aparato que manejara nada, y el problema estaba en otro sitio, en un sitio que no quería nombrar?
Miré el audífono sobre la mesa, tan pequeño, siempre quieto, de color carne.
No zumbaba, ni vibraba, y no preguntaba nada.
Pero yo ya no sabía si ese silencio era tranquilidad o era otra cosa. No sabía si estaba solo en el salón o si había algo más, algo que escuchaba aunque yo no lo llevara puesto.
No sabía si los últimos meses habían sido la vida más interesante que había tenido nunca o el principio de algo que debería haberle contado a alguien mucho antes.
No lo sabía, y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, el silencio me pareció demasiado grande para una sola persona.
El audífono seguía sobre la mesa cuando me fui a dormir.
Por la mañana, no recordaba haberlo movido.
Pero estaba detrás de mi oreja.
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