Memoria de un Hartacho
La historia que un apellido guarda entre sus letras.
Hay decisiones que uno toma de golpe, aunque lleve toda la vida madurándolas.
La mía fue una mañana de otoño, poco después de jubilarme, sentado frente al ordenador con una taza de café que se enfriaba despacio. Abrí el documento donde llevaba años anotando datos sueltos —fechas, nombres, lugares— y, sin pensarlo demasiado, escribí mi apellido de una forma que nunca había aparecido en ningún registro oficial: Hartacho. Con hache.
No era un capricho. Era, a mi manera, un homenaje. Una declaración silenciosa de que me disponía a tomar en serio lo que siempre había sido una obsesión de los márgenes: averiguar de dónde venimos los Artacho. De dónde vengo yo.
Llevaba décadas trabajando —ingeniería, gestión, reuniones, informes— con la sensación de que algo importante quedaba siempre para más tarde. Ese más tarde llegó cuando firmé los papeles de la jubilación. A partir de ese día, el tiempo era mío. Y yo lo tenía claro: iba a dedicarlo a reconstruir la memoria de un apellido que, según me habían dicho de niño, venía del norte y tenía historia. Nunca supe más. Nadie en la familia lo sabía con certeza.
Decidí añadir la hache como quien pone una bandera al inicio de un camino. Hartacho. Una letra que en euskera suena natural, que evoca el peso antiguo de una palabra que todavía no comprendía del todo, pero que intuía enraizada en algún bosque de encinas del norte de España.
No imaginaba hasta qué punto estaba en lo cierto.
El primer mes fue de preparación y de torpeza.
Un amigo me habló de Gramps, un programa informático gratuito y de código abierto, diseñado para construir árboles genealógicos y gestionar fuentes documentales. Lo descargué una tarde de lluvia, lo estudié durante una semana con la misma disciplina con la que había aprendido cualquier herramienta técnica en mi vida profesional, y en cuanto lo dominé mínimamente, empecé a volcar en él los datos dispersos que había ido acumulando sin método durante años.
El árbol era pobre al principio. Cuatro generaciones a lo sumo, con lagunas enormes. Los bisabuelos perdidos en algún punto de la provincia de Córdoba. El apellido apareciendo y desapareciendo, a veces escrito Artacho, otras Artachu, incluso alguna vez Artache. Como si la ortografía hubiera sido siempre algo secundario para quienes lo portaban, gente de campo y de trabajo, que firmaban con trazo incierto o directamente con una cruz.
Comprendí que necesitaba ir a los archivos.
Empecé por lo más cercano: el triángulo de pueblos que la familia siempre había mencionado como cuna del apellido en Andalucía. Tres localidades que forman una especie de cuenca histórica en el extremo suroeste de la provincia de Córdoba, en los límites con Málaga: Benamejí, Cuevas Bajas y Palenciana.
Conduje hasta allí una mañana de primavera. El paisaje es de una hermosura silenciosa: olivares, el río Genil encajonado entre cortados, y ese aire de llanura que de pronto se rompe en pequeñas alturas. Benamejí te recibe con su trazado renacentista de calles rectas y anchas, insólito para un pueblo andaluz, y enseguida entiendes que alguien lo construyó con intención y con dinero.
Ese alguien fue don Diego de Bernuy, regidor de Burgos, uno de los hombres más ricos de la Europa del siglo XVI. Carlos V le vendió estos terrenos —arrancados a las órdenes militares— el 26 de marzo de 1549, y Bernuy levantó el pueblo de nueva planta, redactó una Carta Puebla, repartió tierras entre las familias que acudieran a poblarla y encargó al arquitecto Hernán Ruiz II que construyera un puente renacentista sobre el Genil que todavía hoy es Bien de Interés Cultural.
La Carta Puebla de Benamejí. Ahí, en ese documento del siglo XVI, empezaban a aparecer los primeros Artacho en el sur de España.
Pasé horas en el archivo municipal. El archivero, un hombre paciente y apasionado por la historia local, me facilitó acceso a copias de registros parroquiales que se remontaban al siglo XVII. Los Artacho estaban allí, en letra apretada y tinta desvaída, casándose, bautizando hijos, enterrando ancianos. Gente de labor, jornaleros y pequeños propietarios que se habían asentado en aquellas tierras cuando Bernuy ofreció condiciones: casa, parcela, y un lugar en el que empezar de nuevo.
Palenciana conservaba sus propios registros. El nombre del pueblo lo dice todo: sus primeros pobladores vinieron de las tierras de Palencia, allá en Castilla, arrastrados hacia el sur por la promesa de tierra y futuro. Los Artacho, sin embargo, no eran de allí. Habían llegado de otro norte.
Antes de continuar hacia el sur, necesitaba entender la raíz. Y la raíz estaba en el norte.
El apellido Artacho —también documentado como Artachu, Artache y, en alguna variante tardía, Hartacho— procede de la voz euskera artatxo, que en la lengua vasca significa dos cosas que, curiosamente, no se contradicen: mijo o borona (un cereal antiguo del norte peninsular) y, en otra acepción, pequeñas encinas. El sufijo -txo es el diminutivo afectuoso del euskera. Como quien dice: las encinitas, el lugar de las encinas pequeñas.
Los apellidos vascos nacieron de esa manera. No eran apellidos de persona, sino de lugar. De solar. El nombre de la casa, del terreno, del paraje que una familia habitaba y del que tomaba su identidad. Artacho era, casi con seguridad, el nombre de un lugar —hoy quizás olvidado o transformado— en algún punto del País Vasco o de La Rioja, donde el euskera y el romance castellano convivieron durante siglos.
La documentación más antigua que encontré es de 1379: en el primer padrón de habitantes de Bilbao aparece un tal Otxoa Martínez de Artacho. En 1402, otro vecino de Bilbao, Juan Martínez de Artachu. Y en 1482, Lope de Artache. Todos ellos pertenecientes al llamado Rol de gamboínos y oñacinos, los dos grandes bandos nobiliarios que durante generaciones se disputaron el poder en el País Vasco medieval. Los Artacho no eran plebeyos sin historia. Eran gente con solar, con nombre, con escudo.
Según las Trobas del cronista Jaime Febrer —que acompañó a Jaime I en la conquista de Valencia— un Juan de Artacho, Ricohombre y Señor de Alfaro (La Rioja) pasó a Aragón con tropas propias para sumarse a la empresa. Señor de Alfaro. El apellido tenía raíces en La Rioja.
Eso me llevó a Ceniceros.
Ceniceros es hoy un pueblo pequeño en La Rioja, conocido sobre todo por sus vinos. Pero en los archivos parroquiales que custodia guarda algo más antiguo: rastros documentales del apellido Hartacho que, según diversas fuentes genealógicas, tuvo allí una de sus primeras presencias en territorio cristiano peninsular.
Llegué una tarde de verano. El cura que custodiaba los libros parroquiales más antiguos me atendió con esa generosidad que uno encuentra en los pueblos pequeños, donde la memoria colectiva todavía se considera un bien común. Pasamos horas revisando registros. El apellido aparecía en formas diversas, con esa inconsistencia ortográfica propia de una época en que las palabras se escribían como sonaban y cada párroco las interpretaba a su manera.
Lo que encontré allí no fue un árbol completo, pero sí una confirmación: el apellido había estado en La Rioja antes de llegar a Andalucía. Y desde La Rioja, siguiendo los caminos de la Reconquista y de la repoblación, había ido descendiendo hacia el sur. Como tantas familias del norte que, siglo tras siglo, llenaron los territorios que los reinos cristianos iban arrancando al Islam.
El salto más largo, en distancia y en tiempo, fue el viaje a Salamanca.
El Archivo Histórico de la Universidad de Salamanca conserva documentación civil y eclesiástica de una riqueza extraordinaria. Pasé allí cuatro días, con los ojos pegados a microfilms y a legajos digitalizados, buscando cualquier rastro del apellido en los siglos XVI y XVII. Encontré algunos. Notarios, testamentos, pleitos de hidalguía. Los Artacho que habían querido demostrar que su sangre era limpia y su linaje legítimo, en una época en que esas cosas podían significar la diferencia entre el ascenso social y la marginalidad.
Pero el hallazgo más emocionante no estaba en Salamanca.
Estaba en Sevilla.
El Archivo General de Indias es uno de los lugares más extraordinarios del mundo para cualquier genealogista. Allí está documentada, con una meticulosidad que asombra, la historia de quienes cruzaron el Atlántico. Los que se fueron. Los que nunca volvieron. Los que construyeron familias al otro lado del océano con el apellido de un solar vasco que quizás ni recordaban.
La migración de los Artacho hacia América se produjo principalmente en la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX, en la gran oleada migratoria andaluza que llevó a miles de familias hacia Argentina, Brasil, Cuba y Uruguay. El sur de Córdoba —Benamejí, Cuevas Bajas— fue una de las cuencas de salida. Hombres jóvenes, algunos con oficio, la mayoría sin nada más que el nombre, que embarcaban en Málaga o en Cádiz hacia lo desconocido.
En el Archivo de Indias encontré pasajes, padrones de emigrantes, registros de entrada en puertos americanos. Apellido tras apellido, familia tras familia. Y entre ellos, los Artacho. Los mios.
La investigación, a esas alturas, había superado mis fuerzas individuales.
Decidí abrir un blog. Lo llamé simplemente Hartacho — Memoria de un apellido, y empecé a publicar allí los documentos que iba encontrando, los mapas, los árboles parciales, las hipótesis. Lo hice sin grandes expectativas. Pensé que quizás algún primo lejano lo encontraría por casualidad.
Lo que ocurrió fue otra cosa.
En pocos meses, los comentarios empezaron a llegar desde lugares que nunca había imaginado. Un Artacho de Buenos Aires que reconocía los nombres de sus bisabuelos en los registros de Cuevas Bajas que yo había publicado. Una familia de São Paulo que conservaba cartas escritas en español con el membrete de Benamejí. Un hombre de Montevideo que guardaba una fotografía amarillenta de sus abuelos frente a una casa con el río Genil al fondo.
Y llegaron otros desde México, Cuba, Venezuela. Incluso uno de Canadá, descendiente de emigrantes que habían pasado primero por Argentina.
En total, logré establecer contacto con más de cuarenta familias Artacho distribuidas por el mundo. Todas ellas, sin excepción, con raíces que apuntaban al mismo triángulo del sur de Córdoba: Benamejí, Cuevas Bajas, Palenciana. Todas ellas, en algún punto de su árbol, conectadas con esa Carta Puebla de 1549 con la que Diego de Bernuy fundó un pueblo de nueva planta a orillas del Genil.
El árbol en Gramps creció hasta superar las tres mil fichas.
El misterio de los Artachov
Hay una rama que todavía no he podido cerrar. Y quizás nunca pueda.
En uno de los foros de genealogía internacionales donde participé durante la investigación, un usuario ruso —cuyo nombre no recuerdo con exactitud— me contactó para preguntarme si tenía información sobre el apellido Artachov. Había encontrado mi blog buscando ese término. Me explicó que en algunas regiones del sur de Rusia y del Cáucaso existía ese apellido, que lingüísticamente sonaba más ruso que eslavo de origen, y que había quien especulaba con que podría proceder de España.
La hipótesis no es descabellada. En el siglo XIX, durante las guerras napoleónicas y los subsiguientes movimientos de población por toda Europa, y también durante los movimientos de mercaderes y aventureros que durante siglos conectaron el Mediterráneo con el Mar Negro, apellidos ibéricos llegaron a territorios insospechados. Los sefardíes, en su diáspora, llevaron apellidos españoles hasta el corazón del Imperio Otomano y más allá.
¿Podría Artachov ser un Artacho que adoptó la desinencia nominal rusa? ¿Un converso, quizás, o un mercader, que en algún momento del siglo XVI o XVII cruzó una frontera que nosotros ni concebimos?
No lo sé. No tengo pruebas. Pero la pregunta me acompaña.
Hay historias que no se cierran. Hay raíces que se pierden en la oscuridad antes de que uno tenga fuerzas para seguirlas.
Han pasado varios años desde aquella mañana de otoño en que escribí Hartacho por primera vez.
He visitado archivos en cuatro comunidades autónomas. He cruzado correspondencia con familias en seis u ocho países. He leído documentos en latín eclesiástico, en castellano antiguo, en portugués de Brasil. He sostenido en mis manos libros parroquiales del siglo XVII y he visto, en letra que apenas se distinguía del papel, el nombre que llevo, escrito por un cura de pueblo que quizás no sabía ni de dónde venía esa familia que anotaba.
Lo que he aprendido es esto:
Artacho —o Hartacho, como yo prefiero escribirlo— es un apellido de encinas pequeñas y de borona vasca. Es un apellido de frontera, de los hombres que bajaron del norte siguiendo la Reconquista y se instalaron en las tierras que un mercader de Burgos repartió a cambio de poblar un pueblo nuevo. Es un apellido que cruzó el Atlántico a lomos de la necesidad y que echó raíces en suelos que sus portadores jamás habían visto en un mapa. Es, quizás, un apellido que también llegó alguna vez hasta las estepas del este, transformado en Artachov por una lengua que no le era propia.
Es, sobre todo, mi apellido.
La hache que le añadí, estaba en algún registro. Pero está en mi DNI ni en ningún documento oficial. Está solamente en el encabezamiento de este texto, y en el nombre de mi blog, y en la manera en que me presento cuando alguien me pregunta cómo me llamo y quiero contarle la historia completa.
Soy Hartacho. Y tardé toda una vida en saber lo que eso significa.
— Escrito por un Hartacho jubilado, en algún lugar del sur,
con una taza de café que siempre se enfría demasiado pronto.
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