El pueblo
El acceso caminando se hacía en una ligera pendiente. Las primeras casas formaban una hilera orientada al este, conocida como el Barrio del Lejío, habitada por la gente más humilde: jornaleros, peoneros, gente cuyo nombre lo decía todo sobre sus condiciones de trabajo. No era impedimento para tener las paredes encaladas de blanco, resaltadas por cenefas azules y floridas macetas de geranios colgadas en las paredes.
Para adentrarse en el núcleo urbano había que hacer un último esfuerzo por las empinadas calles del Cuerno, del Sol o del Pilar, todas ellas fruto de la expansión de antaño y ajenas a la planificación. Casi quinientos años antes, un tal Diego de Bernuy había levantado el pueblo de nueva planta, repartido tierras entre las familias que quisieran poblarla, y encargado al arquitecto Hernán Ruiz II que construyera un puente renacentista sobre el Genil.
Alguien con esas posibilidades podía permitirse un arquitecto con nombre. El resto, como siempre, podía permitirse quedarse.
A las afueras, donde antes estaba la fragua —ese lugar oscuro y sucio pero lleno de vida cuando el fuelle empezaba a soplar y el carbón ardía hasta ponerse azul—, ahora había una nave industrial grande con el nombre Pichirichi Manufactura en letras grandes. Llamaba la atención aquel contraste: una nave moderna y enorme junto a un camino de tierra sin pavimentar, donde todavía no llegaban los coches.
El herrero que conocí de niño ya no estaba. Sus descendientes habían convertido aquel pequeño taller en una empresa. Habían heredado el oficio y lo habían hecho crecer. Un día, mirando al cielo, el fundador de aquella familia pensó: «Qué gran oficio el nuestro. Estamos conquistando el cielo.»
No sé si el cielo estaba de acuerdo.
El paseo era el centro de todo. No solo de la plaza, sino del pueblo entero. Una explanada elevada unos escalones sobre el nivel de la calle, como si alguien hubiera querido dejar claro que allí arriba las cosas tenían más importancia que en el resto del mundo.
Y presidiendo esa importancia, la iglesia. Empezada por los marqueses en 1670 y terminada setenta años después, cuando ya había cambiado de manos varias veces y nadie se acordaba bien de quién había puesto el primer dinero. Barroca por fuera y por dentro, con una torre que desde cualquier punto del pueblo te dice dónde estás y hacia dónde tirar. De niño no sabía que era barroca. Solo sabía que era grande y oscura y que olía a cera y a humedad, y que en su interior el silencio pesaba de otra manera que en la calle.
Dejemos los muertos con sus muertos. Hay quien dice que lo dijo Jesús. Hay quien dice que fue otro. El caso es que la iglesia tenía lo suyo y nosotros lo nuestro.
A su derecha, la cruz. El maestro nos la explicaba con la misma naturalidad con que te explica que dos y dos son cuatro: era el homenaje a los caídos. Los del bando bueno, claro. Los que ganaron. Los otros no tenían nombre en aquella piedra. No tenían familia oficial ni recuerdo permitido. Habían caído también, claro que sí, pero al parecer caer en el lado equivocado te borraba del mapa de los muertos honrados.
Yo entonces no lo pensaba así, porque tenía la edad en que uno cree lo que le dicen. Tardé años en entender que el silencio sobre los otros era también una decisión, y que las decisiones de ese tipo no son inocentes.
La plaza estaba rodeada de bares. En invierno, casi vacíos por las tardes, con algún hombre mayor y un café con leche que duraba una hora. En verano, otro mundo. Las sillas salían a la calle, las conversaciones subían de volumen, y el pueblo entero parecía decidir que la noche era el mejor momento para vivir.
Durante la Semana Santa, la feria y las fiestas patronales, la plaza explotaba. Esa es la palabra exacta: explotaba. De música, de gente, de olor a churros y a cerveza barata, de niños que corrían sin que nadie los llamara porque todos eran de todos.
En uno de los lados de esa plaza estuvo el Palacio de los Marqueses. Los mismos que pagaron la iglesia, los mismos cuyos escudos todavía asoman en las fachadas de media calle. En sus últimos años el palacio había bajado de categoría de un modo que a mí siempre me pareció más honrado que su origen: se había convertido en mercado de abastos. Un lugar donde la gente compraba y vendía lo necesario para comer.
Allí tenía mi abuelo su puesto. Hortelano toda la vida, como su padre antes, vendía lo que cultivaba. Frutas y verduras de temporada, sin más misterio. Sus descendientes siguen en ese mundo, aunque el trabajo ya no tiene tierra en las manos: se ha adaptado, como se adaptan los oficios cuando quieren sobrevivir.
El palacio ya no está. A finales del siglo pasado levantaron en su lugar un edificio nuevo, funcional y sin gracia, de esos que cuando los ves ya tienen treinta años de aspecto.
Enfrente, donde hoy hay una entidad bancaria con su logo y sus cajeros automáticos, estuvo la cárcel. Y aquí la ironía se escribe sola: el lugar donde se encerraba a los que delinquían lo ocupa ahora una institución que, con mejores trajes y mejores abogados, ha hecho cosas que hubieran llenado varias veces aquel calabozo.
Esta tierra fue, durante mucho tiempo, territorio de bandoleros. El más conocido fue José María Hinojosa, al que todo el mundo llamaba el Tempranillo, que recorría estos caminos a caballo a principios del siglo XIX. Cuentan que robaba a los ricos y tenía cierto código. Ese tipo de leyendas siempre mejora con los años y con la distancia. Hoy es una estatua de bronce en alguna plaza de la comarca. El banco sigue abierto.
Dejamos la plaza atrás y subimos por la calle del Horno. Que ya no se llamaba así, claro. La habían rebautizado con nombre de persona importante, de esas que merecen una placa. Pero la gente del pueblo seguía llamándola como siempre, porque los pueblos tienen buena memoria para lo que les da la gana y muy poca para lo que les imponen.
Era la calle principal. Se notaba en todo: en el ancho de las fachadas, en la altura de los techos, en esos balcones que salían a la calle como quien saca el pecho. Las casas aquí no eran como las del Barrio del Lejío. Aquí el mensaje era otro. Aquí las paredes hablaban de azulejos con dibujos, de colores que no se desteñían con el sol, de un dinero que no necesitaba explicarse porque se veía solo.
Los sierros y las puertas
Y luego estaban los sierros. Así llamábamos a esas rejas con visillos o cortinas finas que permitían ver sin ser visto. Desde dentro podías observar quién pasaba, a qué hora, con quién, y en qué dirección. Una tecnología sencilla y eficaz para el control social de toda la vida. Los que tenían sierros sabían todo lo que pasaba en la calle. Y los que pasaban sabían que los estaban mirando. Todos hacían como que no.
Las puertas eran otro capítulo aparte. Madera labrada, con dibujos tallados que llevaban horas de trabajo y años de barniz. Y en el centro, el aldabón: un llamador de hierro forjado, pesado, con forma de mano o de cabeza de animal, según la casa y el gusto de quien la mandó hacer. Cuando llamabas con uno de esos aldabones, el golpe resonaba de otra manera que un simple puño en la madera. Era un aviso con categoría.
Si la visita lo merecía, se abrían las dos hojas de par en par, y entonces se veía el zaguán: ese espacio entre la puerta y el patio interior que servía de frontera entre la calle y la casa, entre lo público y lo privado, entre los de dentro y los de fuera.
Don Vicente, el médico, visitaba por aquí. Hombre de ciencia y de distancias. Acudía a ver a los enfermos, sí, pero manteniendo entre él y el paciente el espacio justo para cumplir con su obligación sin arriesgar su propia salud. No era crueldad, o al menos él no lo veía así. Era precaución. La gente lo recibía con respeto y con cierta resignación, como a alguien cuya utilidad era indiscutible aunque su cercanía fuera más bien escasa.
Los Medina eran otra historia. Familia de posibles y de estudios, de esas que en el pueblo todo el mundo conoce aunque casi nunca estén. Vivían fuera la mayor parte del año, en la capital o más lejos, y el pueblo les servía de origen y de referencia, pero no de residencia. Tenían lo que quedaba del palacio familiar, que con cada generación se iba reduciendo un poco más. Los herederos, necesitados de ingresos, vendían un trozo aquí y otro allá. Lo que fue una casa grande se fue convirtiendo, despacio, en varias casas medianas.
Y así llegamos a las cuatro esquinas, que es como se llamaba al cruce donde la calle principal se encontraba con otra. Siempre había alguien parado allí, intercambiando algo: palabras, rumores, tabaco, el tiempo.
Aquí contaban los mayores una historia que merece contarse. El último heredero de una de esas familias de toda la vida, ya sin tierras que presumir ni rentas que cobrar, decidió qué parcela vender a continuación de un modo que a mí siempre me pareció entre tragicómico y entrañable: preguntando a los que pasaban por allí. Sí o no. Como si fuera una consulta popular. Como si la venta de lo que quedaba de un patrimonio familiar pudiera resolverse por votación de transeúntes.
Puede que lo hiciera con humor. Puede que lo hiciera con desesperación. Puede que ya le diera igual todo. El caso es que allí estaba, el último de los suyos, pidiendo opinión al pueblo llano sobre lo que vender de lo que quedaba de su estirpe. Pocas imágenes resumen mejor lo que fue cambiando en este país durante el siglo veinte.
Cruzando perpendicular a la calle principal, la calle Portal partía el pueblo en dos mitades casi iguales, como si alguien hubiera querido ser justo con el reparto. Era el eje comercial, el sitio donde se compraba lo que no se cultivaba y se encontraba lo que no se tenía en casa.
Pero antes que cualquier comercio, estaban los hornos. Tres, repartidos a lo largo de la calle con una equidistancia que parecía calculada, aunque nadie la había calculado: habían ido apareciendo donde había sitio y donde había necesidad, que es como se ordenan las cosas en los pueblos cuando nadie planifica nada y todo funciona igual.
El horno era el único sitio del pueblo que nunca dormía del todo. De noche, mientras el resto de la calle estaba cerrado y oscuro, por debajo de la puerta del horno se filtraba luz y calor. Y dentro, los panaderos amasaban. Ese trabajo que empieza cuando los demás se acuestan y termina cuando los demás empiezan.
La levadura es un ser vivo microscópico que come el azúcar de la harina y suelta gas, y ese gas es el que hace que el pan suba y quede esponjoso. Hay que esperar, no se puede meter prisa.
Y en esa espera, los trasnochadores encontraban su lugar, los que no podían dormir, los que volvían tarde, los que preferían el calor de una conversación nocturna al frío de su cama. Se colaban en el horno con cualquier excusa y se quedaban hablando con el panadero.
Al amanecer llegaban los otros: los madrugadores, los que querían el pan recién hecho, todavía caliente. Y de paso, si podían, unas ascuas, brasas vivas para el brasero de casa, el brasero era la calefacción de entonces: una mesa camilla con una falda larga de tela que guardaba el calor debajo, y la familia entera metía los pies y esperaba que el invierno pasara.
En la calle había mas comercios que hornos, en algunos rótulos todavía se leía ultramarinos, que era una palabra que venía de cuando los productos llegaban de muy lejos, de más allá del mar. Conservas, salazones, bacalao seco, cosas que duraban meses porque no había otra manera de conservarlas. La sal era la nevera de antes.
Recuerdo especialmente, cosas que se te entra en la memoria por todos los sentidos a la vez, era la charcutería cuando había matanza fresca. Entonces en la pared colgaban las piezas como si fueran cuadros: la careta del cerdo con su expresión detenida para siempre, el espinazo con sus vértebras limpias, los lomos, las morcillas todavía brillantes.
La matanza del cerdo era una fiesta y un trabajo al mismo tiempo. El animal se aprovechaba entero, sin desperdiciar nada. Lo que no se comía fresco se salaba, se ahumaba o se embutía. Y lo que no servía para comer servía para jugar.
La vejiga del cerdo, limpia e inflada, se convertía en pelota. Las tripas, bien lavadas y secas, daban piel para las panderetas y las zambombas. La zambomba es un instrumento sencillo: un recipiente hueco con una piel tensa en la boca, y una caña que al frotarla con la mano húmeda produce ese sonido grave y áspero que es la banda sonora de la Navidad en los pueblos del sur. Los niños lo sabían y esperaban ese día con la misma ilusión con que esperaban otras cosas. No porque les gustara la matanza, sino porque al final de la matanza había juguete.
Volví al pueblo muchos años después. Esas visitas que uno pospone sin saber muy bien por qué, tal vez porque el pueblo de la memoria funciona mejor cuando no tiene que competir con el pueblo de verdad.
La calle del Horno seguía llamándose como siempre entre los mayores. El paseo seguía elevado sobre sus escalones. La iglesia seguía siendo grande y oscura. Pero los hornos habían cerrado, la charcutería era ahora una inmobiliaria, y en la esquina donde el último heredero hacía sus consultas populares había un cajero automático que te pide el PIN y no espera respuesta.
Me paré delante del edificio que ocupaba lo que fue el palacio, el mercado, y antes de eso el solar de alguien importante. Busqué en la pared alguna marca, algún azulejo fuera de sitio, algo que dijera que antes hubo otra cosa. No encontré nada. Las rehabilitaciones son eficientes.
Fui a tomar un café. El bar de toda la vida había cambiado de dueño dos veces y ahora tenía una pantalla de televisión enorme con el fútbol en silencio y la radio a todo volumen, es la combinación más deprimente que conozco.
El camarero era joven y no me conocía, lo cual era lo correcto: yo tampoco lo conocía a él. Le pregunté si recordaba el ultramarinos que había en la calle Portal. Me miró como si le hubiera preguntado por un planeta. «Antes de mi época», dijo, y se fue a limpiar algo.
Pensé en mi abuelo, en su puesto del mercado, con sus frutas y sus verduras de temporada. Pensé en el panadero amasando a las tres de la mañana mientras alguien que no podía dormir le hacía compañía. Pensé en el aldabón de hierro de alguna puerta que ya no existe, y en el ruido seco que hacía al golpear, y en cómo ese ruido decía quién eres y a qué has venido antes de que nadie abriera.
Me terminé el café. Dejé una propina razonable. Salí a la calle.
La pendiente de entrada al pueblo también servía de salida, cosas de la perspectiva.
Bajé despacio, con esa sensación rara de haber ido a buscar algo que no estaba seguro de haber encontrado, pero que tampoco estaba seguro de haber perdido. El pueblo seguía ahí. Seguía siendo el mismo en lo que importaba y completamente distinto en todo lo demás, que es exactamente lo que hace cualquier persona cuando pasan los años y nadie la mira.
Al llegar abajo, antes de doblar la última curva, me giré una vez.
La torre de la iglesia seguía marcando el sitio desde arriba, como siempre. Eso al menos no había cambiado.
Aunque tampoco es que la torre tuviera muchas opciones.
En Benamejí te espero.
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