Mixto
«Se llama mixto al cruce entre macho de jilguero × hembra de canario, se aprecia mucho por su canto complejo, inteligencia y carácter, mezcla de rusticidad y sensibilidad y porque suele heredar parte del porte salvaje del jilguero junto con la convivencia más tranquila del canario.»
Había uno al que nunca terminabas de entender del todo. Y no porque fuera oscuro, como Búho, ni esquivo, como Zurita. Sino porque cuando creías haberlo descifrado, aparecía el otro. El que no habías visto. La cara que guardaba justo detrás de la que mostraba, no por ocultarla sino porque él mismo a veces se sorprendía de tenerla. Le llamaré Mixto, el nombre no es casualidad ni apodo cariñoso: es lo más exacto que he encontrado para alguien que no era una sola cosa sino dos, y que tardó mucho tiempo en dejar de ver eso como un problema. Porque durante años lo vivió como un problema.
Llevaba dentro al jilguero y al canario, y ninguno de los dos le dejaba tranquilo. El jilguero tiraba hacia afuera, hacia el monte, hacia lo que no está domesticado ni catalogado ni puesto en su sitio. Esa parte suya era brava, instintiva, con una resistencia en el hueso que no venía de la voluntad sino de algo anterior a ella. Era la parte que no pedía permiso. La que sabía moverse en terrenos difíciles sin mapa ni instrucciones previas.
Pero el canario estaba también. Y el canario es otra cosa: es sensibilidad afinada, es la capacidad de estar con los demás sin raspar, es ese don para leer el ambiente de una habitación antes de cruzar la puerta. Era la parte que escuchaba de verdad. La que encontraba la belleza en lo pequeño. La que no necesitaba imponerse para estar presente.
Dos naturalezas. Una sola criatura.
El conflicto era inevitable y él lo conocía bien: cuando el jilguero quería lanzarse, el canario frenaba. Cuando el canario se abría con demasiada confianza, el jilguero desconfiaba. Cuando uno de los dos tomaba la delantera, el otro murmuraba desde atrás que las cosas no eran tan simples.
No nació hecho, eso era evidente, se fue construyendo, entre contradicción y contradicción, entre el impulso y la reflexión, entre la aspereza y la ternura, entre lanzarse y contenerse. Cada situación difícil lo amasaba un poco más. Cada vez que la vida le presentaba una encrucijada entre sus dos naturalezas, tenía que elegir. Y con cada elección aprendía algo que ninguno de los dos por separado podría haber aprendido. Lo que más me fascinaba era su carácter independiente.
Tenía estructura y tenía instinto. Tenía la melodía del que ha aprendido y la rugosidad del que ha vivido. Cuando cantaba, uno no sabía muy bien desde dónde venía ese sonido, desde qué lugar interior, desde qué mezcla exacta de herencia y experiencia. Solo sabía que era difícil de ignorar.
Eso también era él en las conversaciones: decía las cosas de una manera que era al mismo tiempo directa y matizada, que era al mismo tiempo fuerza y cuidado. Una combinación que no se aprende en ningún sitio concreto. Que se construye, precisamente, a golpes de contradicción. Yo le observaba con la mezcla de admiración y análisis que aplico a todo lo que me resulta verdaderamente interesante.
Y lo que concluía, siempre, era esto: que los seres de una sola naturaleza tienen más claridad, sí. Saben antes quiénes son, hacia dónde van, qué les corresponde. Pero tienen también un techo. Un punto en que lo que son choca con lo que la vida les pide, y no tienen con qué responder porque solo tienen una herramienta.
La dificultad de cargar con dos naturalezas ese peso que yo le había visto llevar durante años, esa incomodidad de no encajar del todo en ninguno de los dos mundos que le habitaban resultó ser, al final, exactamente su mayor ventaja.
Y eso, pensé, es una forma de inteligencia que no viene del estudio ni de la observación ni del talento innato, viene de haber sido, durante mucho tiempo, difícil de clasificar. Y de haber sobrevivido a eso.
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