Tejedor
«Tejedor es reconocida por su extraordinaria habilidad para construir nidos colgantes elaborados con fibras vegetales, hierbas y ramitas. El nido terminado es la imagen de quien transforma a base de constancia Son aves pequeñas, que cantan poco, actúa mucho, sociables con picos cónicos robustos, a menudo amarillas, negras o marrones, destacan por su complejo comportamiento de cortejo. Se sitúan entre las aves con mayor capacidad de resolución de problemas.»
Con Tejedor aprendí que hay personas que no necesitan que las mires para estar ahí.
No como Búho, que elegía la invisibilidad con una intención casi filosófica. Tejedor simplemente no perdía el tiempo en hacerse notar. Estaba demasiado ocupada haciendo lo siguiente. y lo siguiente, y lo de después de lo siguiente. Una cadena silenciosa de acciones pequeñas que desde cerca parecían insignificantes y desde lejos, con el tiempo suficiente, formaban algo que quitaba el aliento. Eso también es una forma de talento. No la más vistosa, desde luego. Pero sí, quizás, la más honesta.
No había en ella nada de lo que suele llamar la atención a primera vista. Ni el porte de Zuria, ni la gracia de Golondrina, ni la mirada de Halcón, ni el canto de Mixto. Tejedor era presencia constante y gesto repetido y manos, si se me permite la palabra, siempre ocupadas. Era la brizna que recoge y la que entrelaza y la que descarta cuando no encaja, y la que busca de nuevo sin quejarse.
Construía. Siempre construía algo, y construía hacia afuera, que eso es lo que separa al que trabaja para crecer del que trabaja para levantar algo que dure cuando él ya no esté. Sus nidos no eran suyos del todo: eran de los que vendrían a necesitarlos. Tejía pensando en el frío que aún no había llegado, en el viento que podía volver, en la fragilidad de lo pequeño que hay que proteger antes de que lo pequeño sepa que es frágil. Tenía esa inteligencia práctica del que no confunde el deseo con el plan.
Hablaba poco. Eso también era llamativo en nuestra familia, donde la palabra tenía bastante peso y bastante circulación. Pero cuando hablaba, uno tenía que estar atento. No por la forma, que era directa y sin adornos. Sino porque lo que decía era exactamente lo que hacía falta en ese momento. Ni más, ni menos. Con la precisión de quien ha observado mucho antes de abrir la boca. Del que sabe que una intervención a tiempo vale por diez a destiempo.
Yo a veces me impacientaba con su silencio, lo reconozco, me parecía que quien tiene criterio debería ejercerlo con más frecuencia. Le planteaba algo, esperaba respuesta, y Tejedor me miraba un instante, con esa mirada tranquila y sin urgencia que tenía, y volvía a lo suyo. Más tarde, invariablemente, resultaba que tenía razón él. No en todo, Tejedor tampoco era infalible, y cuando se equivocaba lo asumía con la misma ausencia de dramatismo con que asumía todo lo demás. Deshacía el nudo mal hecho, buscaba otra brizna, continuaba. Sin el dolor innecesario de quien confunde el tropiezo con el fracaso. Una tejedor que deshace y vuelve a tejer no ha perdido el tiempo: ha aprendido la tensión exacta que necesita el siguiente nudo.
Lo que más me costaba entender de ella, durante mucho tiempo, era su indiferencia. Siempre había intuido que las cosas importantes deberían valorarse. Que el talento genuino encuentra la manera de proyectarse. Y Tejedor parecía no tener ningún interés en ese proceso. Resolvía problemas que otros no habrían sabido resolver y no dejaba firma en la solución.
Me pregunté durante un tiempo si era modestia. Creo que no era ni eso. Creo que Tejedor había entendido algo que yo tardé más en entender: que el brillo es para el que mira, no para el que hace. Y que el que está demasiado pendiente de si le ven acaba dedicando parte de su energía a ser visto, que es energía robada al hacer.
Ella prefería hacer. Una sola brizna de hierba no significa nada. Dos briznas entrelazadas tampoco. Pero hay un momento que la suma de gestos insignificantes se convierte en refugio, en algo que resiste el viento. En algo donde cabe la vida.
Eso levantaba Tejedor.
Y yo, que había pasado mucho tiempo pensando en cómo se conquista el mundo de un solo vuelo certero, me sentaba a veces cerca de ella y le observaba trabajar, y sentía algo que no era exactamente envidia pero que se le parecía lo suficiente como para incomodarme. Tenía la sospecha de que quizás la grandeza que se acumula en silencio, nudo a nudo, sin público ni aplauso, tiene una solidez que la grandeza repentina y brillante no siempre puede igualar.
No se lo decía, pero lo pensaba, y Tejedor, sin mirarme, sin decir nada, seguía tejiendo, como si lo supiera.
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